CUENTOS -Por el olor-

Se ha colado por el orificio de la derecha como si fuera una pelusa volada por la corriente de aire que se entremete al cerrar la puerta. Lo he sentido sólido, a sabiendas que un olor nunca puede serlo. Su halo nauseabundo me ha tumbado y he llegado casi mareado a la boca de Metro. Es lo que tienen los mendigos y las señoronas del barrio Salamanca, que se acostumbran a su olor y luego no admiten que quizá al resto no les sea agradable. Sin embargo, aunque haya sido un mal trago -o una mala respiración- me ha servido como contraste con el siguiente olor que me sobrevenía apenas sentado en el andén: era la colonia de mis primeros besos. No quiero parecer un anuncio pseudo emotivo de Chispas, pero la realidad es que cuando hueles una colonia de la época en que te dabas los primeros besos en un parque ya casi de noche, a esa hora a la que empezabas a disfrutar y que se terminaba por un toque de queda que te instaba a pensar que el placer estaba en la noche que tenías prohibida y no en la vida que te quedaba por delante, cuando eso sucede, te hace recordar. Te hace sentir bien. He respirado profundamente un par de veces y, bajo el supuesto universal de saber que cuando cierras los ojos desaparecen los problemas, he oscurecido durante unos minutos mi mirada.

En ese momento he pensado en el día en que murió mi abuelo Kiko. Era anciano. No  sabría precisar con cuántos años pasó de esta vida a no sé muy bien dónde. Curiosamente, en los abuelos de antaño, es imposible precisar su edad; Simplemente se arrugaban y quedaban en ese estado físico hasta pasados diez o quince años, fecha en que morían. Yo era un niño y el abuelo estaba ya muy malito. Decía cosas sin coherencia, algo que nos hacía mucha gracia a nuestros primos y a mí cuando íbamos a verle. Era como si estuviera borracho y nosotros domináramos el arte del alcohol de tal manera que él se hubiera estancado en el peldaño anterior, ése que siempre nos hace tanta gracia a los que nos creemos superiores. El día que murió estábamos todos allí. El abuelo no paraba de citar ciertos lugares y personas, la mayoría mujeres, que había conocido o reconocido después de un tiempo por decenas de lugares del mundo. Y a cada situación le ponía un olor. “El olor a cuero de la silla de montar de Don Eugenio en la Argentina. Qué ojos tenía esa mujer. Qué hijo de la gran puta, Don Eugenio”, decía con los ojos entornados y respirando dificultosamente, como si le entraran los olores a borbotones. Luego enseguida arrancaba con: “Qué bien olía aquél campo donde nos escondimos. Era jazmín o algún tipo de flor que no sabría deciros pero que reconocería apenas de una respiración. Allí, en Andalucía, supe que la vida puede ser una mierda en los momentos que mejor huele”. Mis primos y yo reíamos por las incoherencias y por las palabrotas. Mi padre apretaba la mano del abuelo y éste continuaba su plática: “El polvo de talco huele a niño y a muerte en vida; Y el olor a vagina en los dedos antes de ir a trabajar, ése, ése es el olor de la libertad”. Nos tuvieron que sacar de la habitación de las risas, creo que hasta Marco, un primo un par de años más mayor que yo se hizo pis de tanta carcajada. Luego, con los años se lo he escuchado decir a más gente. Gente que asegura que han visto casos como el de mi abuelo. Dicen, que antes de morir, recuerdas los olores de toda tu vida, que el sentido del olfato, por una enzima que tiene la pituitaria, sigue persistiendo cuando el cerebro está medio apagado y no tiene capacidad para reproducir imágenes en la mente. Y que por eso recordamos que hemos vivido por lo que hemos olido.

De repente, el olor dulce de la colonia que se echaba una niña soñando ser mayor (es curioso que ahora se echen la de niña, queriendo regresar al toque de queda y los besos en el parque) ha desaparecido. Han vuelto los sonidos a mi ser, el murmullo de la gente yendo y viniendo, el frenazo del convoy llegando al andén y situándose para que todo el mundo entre. He mirado a la chica que llevaba la colonia y ya estaba alineada con otras cien personas, ansiosa por que las puertas del vagón se abriera. Ya sólo quedaba yo sentado y sin alinear. En ese momento, no olía a nada. He dejado marchar al tren y ha sido justo en el momento en que me quedaba sólo, cuando me he dado cuenta de que cada día nos morimos un poco, por más olores que te ataquen en el camino.

David Alfaro

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8 comentarios sobre “CUENTOS -Por el olor-

  1. Sublime.Tendré que buscar sinónimos de esta palabra para comentar tus escritos, si no las hay…las inventaré.Gracias por compartir esos olores de una manera tan real y conseguir así que yo también recuerde olores que tenía olvidados. “Recordamos lo que hemos vivido por lo que hemos olido”.Grande.

  2. Genial… (los puntos suspensivos con el mayor de sus sentidos) Termino de leer el cuento, pero su fin no está en el último punto, la sensación continúa, será el olor que hay en la habitación, cuando salga de ella, sí que habrá acabado 😉

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