CUENTOS -¿Quién da la vez?-

Me acerqué con cuidado al remolino de gente, que parecía tener vida propia, para ver qué sucedía. La masa circunvalaba al núcleo de unas ancianas que ejercían de indiscutibles líderes del grupo. La muchedumbre estaba totalmente parada y sin embargo parecía tener un movimiento hipnótico, como las medusas que no paran de contraerse y extenderse sin moverse del sitio. Según me acerqué fui devorada, absorbida, como revolcada por una ola; Hasta que de pronto tuve tres hileras de personas a mis espaldas y quedé situada al lado de una venerable anciana de pelo rosáceo y gabardina beige, que amarraba el bolso con el sobaco como si de un cocodrilo apresando carnaza se tratara. Me miró fijamente a los ojos y una, que nunca sabe si eso es señal de cercanía o alejamiento, tuvo que improvisar sobre la marcha:

-“¿La última por favor?”

-“¿Para suicidarse o para comentarlo?”.

En ese momento mis ojos derivaron en la cornisa del edificio que había sobre las cabezas del remolino viviente. El susto fue de escándalo, sólo que mi respingo fue absorbido por los costillares de mis compañeras de grupo humano compacto. Lo que veían mis ojos era un suicida. Sí, sí, un suicida en toda regla. En ese momento empezaron a llegarme con claridad sus alaridos; Unos gritos que hasta entonces no había percibido para nada, como cuando despiertas con la radio puesta y no entiendes cómo no la has escuchado en toda la noche. La señora insistió:

-“¿Para suicidarse o para comentarlo? Que no tenemos todo el día…”

-“Para comentarlo, claro, que ahora es lo único que da dinero”, respondí segura de mí misma. 

-“Entonces para comentarlo ha de moverse usted hacia el segundo anillo humano, la última es la señora del sombrero de tres picos”.

Ya estaba respondiendo que si intentaba llegar hasta ese segundo eslabón de la cadena humana haría que se moviera todo el conjunto cuando caí en la cuenta de lo que la señora me acababa de decir entre líneas: ella estaba allí para suicidarse. Procedía a reprenderla o a precisar que me diese un buen motivo para hacerlo cuando un regurgitar del verdadero suicida hizo que cayera un líquido viscoso sobre nosotros.

-“¡Está a punto!” Decía la una.

-“¡Debe de ser la impresión de justo antes de saltar!” Comentaba la otra.

La gente se volvía loca literalmente alzando los brazos al aire esperando nuevos tropezones biliosos en busca de una suerte de momento divino, como si les estuvieran lanzando agua bendita; Como si aquel pobre hombre fuera un mártir que tratara de morir por ellas. Intenté salirme del corro sin ningún tipo de resultado positivo. Mi ímpetu tirando hacia afuera repercutió en mí con un efecto rebote que me llevó de nuevo a los brazos de la anciana suicida. “Adaptación al medio, Inés, que te lo dice siempre tu psicólogo y tu suegra” pensé para mí viéndome en semejante aprieto. Y le lancé la pregunta sin más. Quería saber cómo una anciana tan vigorosa, con unos ojos tan llenos de vida estaba allí esperando la vez para lanzarse desde la cornisa.

-“Ah, ¿que no conoce usted al suicida?”, replicó la buena mujer.  “Lo mismo me ha pasado a mí, que no le conocía y dicen que era del barrio de toda la vida. Y ahora ya le ve, no puede ser más famoso. Trasciende, señorita, trasciende. Trascender, por si no lo sabe, es cuando eres tan importante que tu nombre ni siquiera importa. Este caballero se podrá llamar Pepe, Juan o Augusto, pero para la posteridad se quedará como el suicida”.

Fue el primer momento en que la tensión de mis piernas y el vaivén constante de la cintura, constreñida por los empujones, se relajaron de tal manera que sólo me sujetaba la fuerza que el resto de los cuerpos hacían sobre el mío propio. Me quedé muda. La venerable anciana quería suicidarse para hacerse famosa. Menuda gilipollas. Sobre todo por no caer en la cuenta de que una vez hubiera quedado para la posteridad el suicida del barrio, un segundo suicida nunca llegaría a…

-“Estará usted pensando que soy gilipollas, claro.” Interrumpió la vieja mis pensamientos. “Sobre todo por no caer en la cuenta de  que una vez hubiera quedado para la posteridad el suicida del barrio, un segundo suicida nunca llegaría a trascender; pero está usted muy equivocada señora mía. No ha caído en la cuestión del género y la paridad. Se necesita una suicida femenina para tener un equilibrio básico con el imbécil que se va a tirar desde ahí arriba”. Estaba terminando su diatriba la vieja cuando señaló hacia la azotea para referirse al pobre desgraciado que había perdido las ganas de vivir. En ese momento nos dimos cuenta que corría por el borde hacia la esquina como alma que lleva el diablo al grito de: “¡¡Cabrones de mierda, el que quiera mirar, que pague!!”. Dobló la esquina, siempre por el filo del edificio, y se perdió por la parte trasera, tanto su imagen como sus improperios. El golpe sonó a los pocos segundos, como si hubieran dejado caer un piano de un octavo piso. Todo el mundo quedó mudo; Ya nadie pedía la vez para comentar nada. Se hizo el silencio por todos los lados. Los coches estaban detenidos. Ni los pájaros aleteaban del susto y la impresión. Fue en ese instante cuando no pude contenerme y tuve que decir: “Le toca a usted, señora”.

David Alfaro

http://www.facebook.com/DavidAlfaroSalirDelCajon

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