CUENTO -Hablar idiomas-

Las cinco y treinta y siete y el garito que no cierra. No sé las horas que llevo dentro. Lo mismo más de diez. Cuando vas solo a estos sitios, si eres capaz de pasártelo bien, pierdes la noción del tiempo. No tiene que ver con la relatividad ni nada por el estilo, simplemente no hay nadie cerca que te esté preguntando constantemente: “¿Qué hora es ya?”.

A mí me gusta venir solo a las discos en el extranjero. Más que nada porque hace un par de semanas que vine para quedarme y no conozco a nadie. Echar unos paseos a mi bola, tomarme unas pintas en algún pub en el que nunca entraría en Madrid por hortera y por alemán y luego meterme en un garito de estos petado de gente. Es por el idioma. Hay gente que en ocasiones se ríe de mí. Me refiero a este tipo de colega adicto a las páginas impares del Metrópoli que lleva el marcador cien a cero en cuanto a reseñas de obras de teatro versus libretos teatrales leídos se refiere. Se hacen los interesantes para desacreditarme porque no entiendo el inglés. Ni el francés ni el alemán. Ni ninguna lengua que no sea el español, la que me enseñaron. Ponen el dedo en la llaga con la música. No se puede sentir la música en inglés si no conoces la lengua porque no entiendes la letra y, evidente, eso es básico para entender también la canción y su significado, dicen. A mí, sin embargo, me parece todo lo contrario. Nadie sabe la suerte que tengo por poder imaginarme con cada canción que me gusta el tema sobre el que habla. Cada vez que escucho un tema siento que me están contando una historia diferente, acorde con lo que me apetece en ese momento. Este raro suceso no me ha pasado en la vida escuchando el Cruz de navajas de Mecano, que siempre habla de lo mismo.

Por eso me está encantando haber emigrado de España y, una vez instalado, salir de juerga yo solo: porque no entiendo a nadie. Encima en Hamburgo da el doble de gusto, porque el alemán es definitivamente extraño y porque acostumbran a hablar varios idiomas. En éstas, empiezo a lanzar a mi ritmo los brazos a un lado y al otro en medio de la pista, como si me sacudiera la modorra que me estaba entrando en la barra y me doy cuenta que quizá me esté haciendo efecto la media pastilla que me comí hace tres cuartos de hora. Me acerco a la gente sin parecer agresivo, sonriendo y soltando frases en voz baja para que me contesten en otros idiomas y poder imaginarme qué me dicen: que luego seguimos en un after o que mañana quedamos para desayunar en alguna cafetería típica de aquí. Hasta a uno he creído entenderlo que me decía: ¿Qué hora es ya?

Y ahora suena el Voyage, voyage que ya no sé ni qué idioma es ni me importa porque está claro que voyage para mí significa beso en el idioma que sea y lo repite, por lo que dice: beso, beso, y luego una serie de guarradas que incitan al deseo a las féminas de aquí. De aquí del garito me refiero, porque por las caras yo creo que alemanas no hay ni una.

Y por fin se me acerca una que yo creo que va más pedo que yo pero aprovecho porque me da que pese a no ser española está entendiendo exactamente lo mismo que yo entiendo de la canción: beso, beso. Y ya estoy tan cerca de ella que me da igual el idioma, la música, el país, el motivo por el que vine y la hora que sea en este preciso instante. Sólo sé que me gusta y que necesito decírselo. Entonces me sonríe como si lleváramos tres años de relación y tres meses sin vernos y me suelta dulcemente: Mir getällt am besten euer bloödes gesicht, ihr die Ausländer, wenn eine Frau mit ihr spricht und ihr kein Wort wersteht. Y en ese momento me da por pensar que debería haber estudiado idiomas porque aunque sea joven acabo de darme cuenta de que voy a morir sin enterarme en la vida de lo que me ha dicho esta preciosidad.

FIN

TRADUCCIÓN: Me encanta la cara de bobos que se os pone a los guiris cuando os habla una chica y no entendéis lo que os dice.

@DavidAlfaroSi
https://www.facebook.com/DavidAlfaroSalirDelCajon

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