CUENTOS -La Cospedal suicida-

-Yo juraría que es María Dolores de Cospedal.

-¿Y esa quién es?

-Pues quién va a ser, mujer, la alcaldesa.

La estampa era tan estrambótica que resultaba absurdo fijarse en el rostro de la buena mujer que se asomaba a la cornisa del edificio, timorata y precavida, como el que acaba de ver caer unos calcetines al patio interior y no quiere asomarse demasiado por si detrás va él. El caso es que aquella señora alzada en lo alto del edificio que se parecía a Cospedal iba vestida de militar, calzaba en zapatillas de estar por casa rosadas y llevaba delantal con encaje rematando los bordes. Para coronar semejante atuendo no se le había ocurrido otra cosa a la buena mujer que blandir una espumadera con la que hacía aspavientos constantes, de tal forma que en un inicio, desde abajo sólo se veían movimientos giratorios de una espumadera voladera y dos suelas de zapatillas de andar por casa. Por este motivo era rara la apreciación sobre el parecido de la probable suicida con Cospedal que había hecho la señora Mercedes, la cual aquella mañana, como todas, estaba a la puerta de la panadería charlando animosamente con la panadera, la cual aquella mañana, como todas, le ponía mala cara por haber comprado el pan en otro establecimiento y luego pararse a dar la hebra en su puerta.

-Pero si somos huestes de Gallardón, ésta qué va a ser alcaldesa de ningún mortal ni qué ocho cuartos. Replicó la panadera.

-Tú calla, mujer, que no sabes de política.

-Ah, y tú sí sabes, de leer el Pronto.

Mientras ambas vecinas se enzarzaban en una conversación sin fuste que acabaría como acababan todas las que tenían, emplazándose ambas para terminarla al día siguiente, el remolino de gente empezó a ser profuso y contundente. La señora de la azotea, mientras tanto, parecía definitivamente en el momento cenital de su aparición, ya que había arrancado una arenga acerca de las bondades de usa faja en lugar de braga al uso, y condenando al mismo tiempo y taxativamente el uso del tanga tachándolo de elemento diabólico que llevaría al público presente al infierno directamente si se les ocurría usarlo.

-Y digo directamente porque no tendréis ni que moríos. -Concretaba la suicida- Según terminéis de poneros el tanga iréis al infierno. Seáis hombres o mujeres.

La veintena de marujas que se amontonaban a la puerta de la panadería regurgitaban alientos sonoros en busca de más proclamas que tuvieran que ver con ellas y con su forma de actuar. Todas menos la panadera, quien expelía insultos por la boca tratando de poner orden en semejante disparate.

-¡Está remando a favor esta señora! ¡Se siente amparada por la pena que se les guarda a los suicidas y porque sabe que nosotras no podemos usar tanga! ¡Somos todo pliegue!

-¡Qué soviética está la gente, de verdad…! Comentó una de las integrantes de la muchedumbre.

Mientras, la Cospedal, como se la había terminado llamando en el transcurso de los minutos por su increíble parecido con la política y por la elegancia con que ésta suele llevar cualquier tipo de ropa, incluida la que portaba en el momento presente del relato, continuaba con su espumadera, ahora decididamente volcada sobre el borde del edificio.

-Como alcaldesa vuestra que soy, os debo una explicación y os la voy a dar.

-Lo ves cómo sí que es alcaldesa, que te crees que todo lo sabes. Apostilló la señora Mercedes, mientras la Cospedal subía y subía la voz.

-Pero os la voy a dar ahí abajo, ¡porque yo me tiro!

Rápidamente las vecinas hicieron corrillo para tratar de dirimir diferencias y decidir si salvaban a la Cospedal de una muerte segura. Una comentaba que si era la Cospedal de verdad, ella se retiraba cuando se tirase, aunque la hubiese votado. Otra esgrimía que aunque fuera Cospedal, era persona. El resto decían que si era Cospedal y la salvaban, a lo mejor tendrían recompensa. La panadera comentó por lo bajini que seguramente no fuera y que, también seguramente, morirían todas tratando de ayudarla. Fue por eso que se puso a ayudar en el borde exterior del grupo, porque ella era católica pero también muy empírica y racional y, además, no era el primer suicida que veía en su vida.

-Láncese, que tenemos una mayoría simple pero lo suficientemente cualificada como para confiar.

El imperativo de la señora Mercedes hizo que todo el mundo se pusiera en alerta. La Cospedal dobló las rodillas y cogió fuerza en los tendones de los tobillos para lanzarse lo más lejos que pudiera, como haría cualquier suicida extrovertido. Cuando el impulso ya le llegaba por la pantorrilla, unos brazos hercúleos detuvieron el movimiento, asiéndola de la cintura y retirándola hacia el interior de la azotea. La decepción desde la calle no se hizo esperar. Algunas vecinas la gritaban para que volviera. Otras insultaban a los dos forzudos vestidos de traje y corbata y portadores de enormes gafas de sol para que la dejaran en paz. La señora Mercedes increpaba a otra vecina para que se subiera a reemplazar a la Cospedal, ya que esta anécdota estaba inconclusa sin probar su mayoría simple cualificada.

Al final, como sucede con las cosas que dejan de verse, el interés decreció y la gente continuó con sus vidas diarias. A la mañana siguiente, la panadera se desayunó con la noticia en la radio: María Dolores de Cospedal, Secretaria General del Partido Popular, había fallecido de muerte natural en su residencia de Toledo. En torno a las 11 de la mañana se apostó en el dintel de su tienda esperando que pasara la señora Mercedes con la barra de pan. Cuando la vio aparecer a lo lejos se dio cuenta de que esta vez no llevaba barra alguna en las bolsas y sonrió. Al verla acercarse, notó que cojeaba ligeramente de una forma muy extraña, dejando arrastrar unos momentos una pierna y en otros pasos la otra, como si le fallaran las dos alternativamente. Con la creciente cercanía la panadera se percató de que la señora Mercedes llevaba la cara descompuesta, apretaba el paso y miraba al suelo para no cruzar su mirada con la suya al pasar. Cuando llegó a su altura, la panadera no pudo contenerse y comentó:

-Lo ve, como Cospedal no es alcaldesa.

La señora Mercedes contestó sin mirar y sin detenerse, perdiéndose la voz con su paso:

-Hay dos Cospedelas, señora mía, la alcaldesa y la otra…

La panadera sacó la escoba, removió sus carnes tirando con fuerza de su faja haciendo círculos concéntricos y supo en aquel preciso momento que aquella mañana la señora Mercedes había probado a ponerse un tanga.

FIN

@DavidAlfaroSi
https://www.facebook.com/DavidAlfaroSalirDelCajon

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