CUENTOS -El Tabardillo-

Corría el año 82. Por aquella época no estábamos tan bien vistos como ahora. Era diferente. En verano la calle era de todos. Pero de todos de verdad. Corríamos hasta el pilón, nos tirábamos unos encima de otros, chapoteábamos, tragábamos y bebíamos al mismo tiempo. Incluso nos hacíamos heridas que nos encargábamos de ocultar para que nadie nos viese las flaquezas. Y eso que era lo único que nos sobraba: flaqueza.

Con los años ha cambiado todo mucho. Hasta los veranos. Son como distintos. Se puede ver bien en las fiestas de los pueblos, cada año están más vacías, mientras curso tras curso se empadronan más y más personas en las urbanizaciones aledañas. Y ahora comemos. Vaya si comemos. Pero la calle ya no es de todos. Y eso se nota. Sobre todo cuando pudiste disfrutarlo.

El Tabardillo ponía el puesto de golosinas los fines de semana en la plaza y raro era el sábado que no nos llevábamos un palazo de propina. Le decían el Tabardillo porque tenía una enfermedad rara por la que acababa día sí, día también, en el suelo con la lengua fuera y con un tembleque que era imposible detener, como si le hubiera dado un tabardillo. Ese era el mejor momento para acercarnos todos a arramplar con la mercancía: palitos confitados de nata y fresa, almendras garrapiñadas y sobres de pica-pica eran las valijas preferidas de toda la prole. Luego salíamos corriendo con el botín entre los dientes para poder disfrutarlo de la mejor forma en que se disfruta el placer: en soledad. A la semana siguiente volvíamos a pasar por el carrillo de golosinas y el Tabardillo actuaba como si nada hubiera sucedido. Yo creo que le daba vergüenza tener esos ataques inesperados y por eso se mostraba con naturalidad. Aunque mi abuela decía siempre que eso que le daba era porque de pequeño le abandonaron en la puerta de la inclusa, que la familia, aunque callejera, da estabilidad a los más pequeños. Ahora están todas desestructuradas; por lo menos la mía.

Doña Eulalia salió aquella tarde con el tabaque repleto de fruta. Lo dejó en el alféizar de la ventana y llamó a todos los niños para merendar. Antes de que llegaran, nosotros habíamos dado buena cuenta de las manzanas y las fresas. Salimos corriendo por rutina, ya que sabíamos que nadie iba a ponerse a perseguirnos. Pasadas unas horas, empecé a notarme los ojos vidriosos. El mareo era zumbón y pertinaz, como cuando te da un golpe de calor que, de rápido, no te deja pensar qué te ha pasado. La vomitona era constante, echábamos todo por la boca. Federico no paraba de llorar y llorar mientras me acariciaba y juraba y perjuraba que se pensaba ir de casa a la mañana siguiente, aunque tuviera ocho años y fuera patizambo. Boqueando, de pura extenuación empecé a percibir todo oscuro hasta ver sólo la negrura. La nada.

Al día siguiente Federico se levantó con los ojos embotados de haber llorado toda la noche. Un palo empezó a hacerme surco en el moflete. Cuando por fin abrí un ojo vi cómo Federico sonreía con el palo en la mano. Me levanté de un brinco, menee el rabo, me lamí el ojete, lancé un buen ladrido y fui hacia la plaza. A Federico, me dijeron luego, le dieron una paliza por rezar para que no me muriera, cuando Doña Eulalia había gastado un buen dinero en cianuro. Yo sobreviví y ahora duermo en parquet con calefacción, dentro de la urbanización.

Aquella mañana, si hubiese tenido raciocinio, habría pensado que no entiendo por qué los seres humanos se empeñan en matar la niñez. Deberían aprender un poco más de nosotros. Aunque luego tendríamos problemas, porque alguien tendría que cuidar también de ellos.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s