CUENTO -Te quiero-

El ruido no me despertó. Sí que me sacó de mis pensamientos, pero ya no dormía; sólo me limitaba a eso, a pensar. Hacía noches que no pegaba ojo. Sin embargo, no me angustiaba para nada, no puedo decir que diese vueltas en la cama pasándolo mal, ni que los ronquidos de Lorenzo atronasen la habitación de tal manera que me impidieran dormir. Simplemente, cuando apagábamos la luz y Lorenzo me decía el habitual buenas noches, te quiero, él caía rendido y yo me ponía a pensar.

Hubiese jurado en aquel instante que el ruido provenía de la puerta del jardín. Tiene la cancela floja y se menea a cada golpe de viento, haciendo evidente que es una puerta para preservar la intimidad, no para ahuyentar a los ladrones. Si vives en una casa de campo a las afueras y duermas mal por las noches, no puedes permitirte el lujo de pensar en los ladrones.

Me quedé mirando la cara de Lorenzo. Estaba recortada por la luz que entraba de la ventana y que llegaba a iluminarlo aunque no hubiese luna llena, como en esas películas en que no sabes de dónde viene la luz de noche y sin embargo está ahí. No llegaba a roncar en ese instante, sólo tenía una respiración entrecortada, como asustada y luchadora. Parecía robar aliento al aire de la habitación ajeno a que, a su lado, la persona a la que amaba no dormía desde hacía alguna semana por una sola razón: había dejado de tener sueños. No es que ya no lo quisiera, es que sabía que sin sueños que compartir, no se podía disfrutar del día a día. Y, encima, aquella noche, Lorenzo no me había dejado caer un te quiero antes de dormir.

Este último pensamiento me hizo morderme el labio para no ponerme a llorar. Siempre lo hago cuando hay alguien delante que pueda enterarse de que, efectivamente, lagrimeo por él. Una ráfaga de sonido metálico se coló por la ventana, como si un carcelero hubiera pasado por la reja golpeando con una taza de estaño en un movimiento rápido. Me incorporé y miré directamente a Lorenzo. Ahora rompía cada respiración en tres partes, como si no fuera capaz de hacerlo del tirón, de un golpe, y se le cortara la respiración de forma abrupta. Le meneé lentamente, en lo que parecía más una forma de mecer que de llamar su atención; me preocupaba que despertara bruscamente y eso le perjudicara, como dicen les sucede a los sonámbulos. Me encontraba en uno de esos momentos que tienes habitualmente en los que te puede la paranoia pero no pides auxilio porque sabes que no va a suceder nada. Podía haber despertado a Lorenzo, hacer que se sintiera mal, que me mirara con mala cara, que me preguntara qué me pasaba, que tuviera que mirar por el jardín para calmarme y que, antes de dormir, me dijera, esta vez sí: Buenas noches, te quiero. Pero ya sin ganas.

El pestillo saltó de la puerta de la casa. Di un respingo y agarré el brazo de Lorenzo. Parecía que él en su somnolencia también se estuviera asustando porque su respiración se agitaba a cada instante. Se accionaba, se aceleraba, se cortaba de golpe y volvía a arrancar con grandes bocanadas de aire como el que ha calculado mal debajo del agua y por fin sale a la superficie.

El estómago parecía tener vida propia, subía y bajaba totalmente dislocado, haciendo que todo el cuerpo se moviera a su compás. En ningún momento me miró. Ni se dio cuenta de que yo estaba allí, cogiéndole del brazo. Simplemente abrió los ojos de repente, buscando ayuda al frente, en el techo de la habitación. Pequé un grito sonoro, interminable, mientras Lorenzo se llevaba la mano al pecho y con la otra por fin apretaba mi mano, tratando de no ir a ningún sitio. Fue esta ruptura repentina del silencio la que, seguramente, hizo que el intruso que efectivamente estaba en la casa entrara de sopetón en la estancia. Enmudecí, me quedé mirándolo fijamente mientras Lorenzo hacía su último estertor. Encapuchado e inundado por la calma y el silencio radical que de repente se hizo en el dormitorio, el ladrón se acercó sigilosamente, puso su mano enfundada en un guante de lycra negro sobre el cuello de Lorenzo, acertó a mirar mis ojos en medio de la oscuridad y soltó un lo siento mucho señora. Se dio la vuelta y desapareció.

El estado de shock hizo que no pudiera moverme en los siguientes minutos. Ya por fin empecé a reaccionar cuando el sonido de una sirena se acercaba progresivamente a la casa. Las luces ámbar entraban por la habitación de forma intermitente, haciendo que cada medio segundo pudiera ver la mueca caricaturesca de Lorenzo ya sin vida. El tipo había llamado a la ambulancia, aunque los dos sabíamos que ya no serviría para nada. Cuando un joven me dijo algo de insuficiencia cardiaca, toqué la cara de Lorenzo por última vez y le contesté lo que mis sueños no me habían dejado responder en todos estos años. Buenas noches Lorenzo; yo también te quiero.

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