CUENTOS -Helado de limón-

-Te quiero con mi toda mi alma, menos mal que has vuelto a mi lado. Y, ¿sabes qué? Llevas razón, deberíamos tener hijos. Varios. ¿Qué me dices?
-Guau, guau.
-No, no vamos a volver a salir a la calle, que acabamos de subir.
-Grrrr, guau, guau.
-Si es que no puedo con esa carita. ¡Ay que me la como! Hala, vamos de paseo otra vez.

Y nos hemos ido. De paseo. Otra vez. Lo que mandáis las hembras cuando queréis. Como yo ya me conozco el truco de los ladrones 2.0, que saben toda tu vida por las redes sociales y te espían con el GPS cuándo entras y sales de tu casa para pasear al perro, yo lo que hago es que me adelanto a ellos y pongo la calefacción en pleno verano. Cierro puertas, cierro ventanas, pongo toallas en las rendijas para que no se escape ni medio grado y le doy a tope a la ruedecilla de la caldera. Enseguida los radiadores se ponen ardiendo, no puedes ni apoyar la mano. En cuanto acciono mi plan de defensa, Dona me mira con la lengua fuera y la mirada de “ya, lunático mío, vámonos de aquí cagando leches”. Cierro la puerta tras de mí y me lanzo a la calle.

Nunca pasa nada, lógicamente, se acojonan cuando ven el vaho por los cristales. Hasta hoy. Justamente hoy, al volver, me he encontrado con la puerta entreabierta, echando calor para afuera como si hubieran destapado el infierno. Lógicamente me he temido lo peor y he llamado a la policía, pero como tardan una barbaridad y en este barrio es imposible aparcar, he ido entrando para ver qué se cocía dentro. No es que sea un echado para delante de la vida ni nada por el estilo, es que si todavía están dentro los ladrones deben estar mareados del calor, sin fuerza ni resuello para encararse conmigo. Dona no ha entrado; nunca lo hace hasta que baja 6 o 7 grados la temperatura. Armado con un llavero que tengo en punta del Cristo de los gitanos, me he asomado al salón y no he visto nada alarmante. Todo en su sitio. He recorrido todas las estancias de la casa y estaba todo igual. Lo mismo me he dejado abierta la puerta de la calle y estoy molestando a la policía para nada. Me asomo a la cocina, el último sitio que me queda por revisar, y veo la nevera abierta de par en par. Para mi asombro, está totalmente vacía. Por lo menos aquí me da el fresquito, que había roto a sudar y tengo un charco en la espalda que parecen las caras de Belmez.

Somos acción y reacción. El ser humano es eso, ni 65% de agua ni leches en vinagre. ¿Tu perra quiere tener hijos y tú le dices que no? Acción. La perra te abandona y en cuanto vuelve a tu lado tienes una veintena de ellos, naturales, adoptados o robados por Sor María, como sea. Reacción. ¿Te adelantas a los ladrones y pones la calefacción en agosto para dejarles KO? Acción. Los muchachos se deshidratan al entrar y se van corriendo a la nevera a coger algo fresquito y ya de paso se llevan lo que haya dentro y huyen del lugar del crimen. Reacción.

Abro los cajones del congelador imaginando que van a estar igual de vacíos. Imagino que es lo primero a por lo que habrán ido, a por los hielos y los flashes. Al abrir el tercero, un escalofrío de desesperanza me cruza por mi sudado pecho palomo. La bolsa de flash está rasgada con la boca, a lo bestia, y se han llevado todos, más de 12 que tenía guardados, menos el flash de limón. Estos cabrones desalmados me han dejado el flash de limón para mí. Cómo saben dónde ir a hacer daño.

Cuando ha llegado la policía se ha encontrado a Dona lamiendo el flash del suelo, totalmente derretido por el calor, y a mí desnudo porque no hay un dios que aguante estos sudores hasta que no se ventile la casa, agarrando a Dona por detrás para que no chupe el suelo.

Mientras me metían en el coche patrulla, pegajoso por el flash de limón, uno de los agentes  me ha dicho que estaba detenido por bestialismo y dañar la capa de ozono poniendo la calefacción en verano. El otro, por suerte, se ha dado la vuelta cuando ya estábamos dentro del coche, me ha echado un ojo de arriba abajo como si yo fuera un polito veraniego y él un chiquillo desmayado de la calor y me ha dicho acercándome un bolígrafo y la libreta de las multas: “¿Usted no me haría el favor de firmarme un autógrafo, señor Ricky Martin? Es para mi señora, que le encanta el helado de limón”.

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