CUENTOS -Despedida en Londres-

Londres es la ciudad del mundo donde más mengua el amor. Es lo opuesto a París en este sentido, siempre hablando en términos de pareja. Allí se diluyen; como que se distancian y se apagan. Quizá sea por el idioma. O por la niebla; no es clima para una pareja. Hay demasiada libertad a la hora de elegir vestimenta; quizá sea eso. La libertad. Y la vestimenta. Si unos novios van de la mano por Victoria Street vistiendo de forma tan diferente, es casi seguro que uno acabe en Hyde Park y el otro en el Támesis. Ya sin ir de la mano, por supuesto.

Estas disposiciones son agravantes a la hora del otro tipo de amor, el que, valga la cacofonía, viene del desamor; es decir, el amor a uno mismo. Si te paras a mirar londinenses, cualesquiera que sean sus procedencias remotas, te das cuenta de lo mucho que se quieren a sí mismos. Se respetan, se saben una entidad. Un cubil cárnico humano con sensaciones térmicas y nervios para disfrutar del sexo, que es único e indivisible, y al que le toca las narices sobremanera que le obliguen a hacer las cosas. Pero yo no soy así. Seguramente porque soy española y sólo estoy aquí de vacaciones.

Me llevó cerca de Buckingham Palace, al The Goring. 338€ la noche, bufete libre, mucho mármol, mucha franela y demasiado dinero para una noche. Sobre todo para una velada entre unos novios de más de un lustro. Ya nos sabíamos todo, no había que pagar esa cantidad por hacernos un nuevo examen. A no ser que fuera el último.

Dormíamos en casa de una amiga y el The Goring fue una sorpresa que quiso darme. Habíamos pasado de squats a miembros de la realeza en veinte minutos de Metro. Eso me despertó una alarma interna: cuando un hombre quiere que te sientas como una princesa es porque pretende por las sensaciones de un día que lo seas toda la vida. Me puse histérica cuando este pensamiento me abordó. No podía parar de mirar los bolsillos de su pantalón, buscando un bulto que me mostrara el envase aterciopelado de un anillo de pedida. Él sonreía y soltaba risotadas que mi bloqueo alejaba hasta tal punto de ver la escena sin volumen; ni siquiera escuché el tapón del champagne que salió disparado contra el techo. Cuando ves a la persona a la que amas hablándote pero físicamente no puedes escuchar nada, definitivamente tenéis un problema de comunicación.

Fue al ver salir el champagne de la botella cuando me acordé de Shirley MacLaine en El Apartamento totalmente abrumada porque creía que Jack Lemon se había suicidado y su descanso al ver que el ruido provenía del tapón al abrirse la botella. En ese instante supe que hacía mucho tiempo que no le deseaba, que le estaba haciendo creer que estar en aquella habitación tan fuera de sitio era fantástico, cuando en realidad nunca había estado tan alejada. Decidí que le tenía que dejar. En ese instante. Ignorando la cobardía que nos acecha a diario a casi todas las parejas que continuamos la linde por no tener valor suficiente ni calzado adecuado para ir campo a través.

El anillo -que finalmente tenía guardado en la chaqueta- ya estaba frente a mis ojos. Una lágrima de desesperanza que siempre se puede confundir con emoción y ternura para decir en voz alta lo que siempre ansié toda mi vida: “Sí, quiero”.

Ese día me di cuenta de que los finales felices sólo se dan en las películas.  Y también me di cuenta de que en España se ama diferente que en Londres. Como peor, no sé; como más en pareja.

David Alfaro

http://www.facebook.com/DavidAlfaroSalirDelCajon?ref=hl

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2 comentarios sobre “CUENTOS -Despedida en Londres-

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