CUENTOS -La magia-

Yo soy él. Yo soy él. No paro de repetirlo por dentro de mí aunque no termine de creerlo. Le veo en la pantalla desenvolverse con soltura, desprender un gracejo que a mí me falta a todas luces, dar ese golpe seco con el codo para acercar el talle de la protagonista hasta él e hincarle la boca entre los labios, como si no hubiera una siguiente escena. Y entonces pienso: Es clavado a mí. No tiene mis ropas, ni siquiera llevo sombrero ni creo que jamás lo lleve, pero tiene cada facción calcada a la mía, cada rasgo físico idéntico a los que tengo yo. Por lo tanto, yo soy él. Sin embargo, en la oscuridad de la sala, nadie puede saberlo. Ni siquiera ella. Aunque debería.

Tengo la mano muy cerca de la suya. Siempre lo hago. Por si en algún movimiento reflejo roza la mía y así se rompe el tabú de tocarse. En cuanto derribas esa barrera en una mujer, es todo más sencillo. Lo explicaban en un libro de programación neurolingüística. En realidad el libro es de aprender a ligar para gente que nos cuesta y sin embargo lo llaman programación neurolingüística. Ha sonreído a la entrada, se ha empeñado en no elegir la película, nos conocemos desde hace tiempo pero nunca habíamos estado solos, siempre andamos acompañados de amigos, -esa cárcel tan cansina y tan española que significa el grupo-, se ha sentado, ha puesto la mano rígida al lado de la mía, dejando un espacio tan nimio que sería más lógico que se juntasen antes que lograr mantenerlas separadas por tan insignificante y estúpida distancia. Ha clavado su mirada en la pantalla y aún así no me distingue. Si tuviera tantas ganas de coger mi mano como yo de prender la suya, ya estaríamos de vuelta a casa, lanzando la magia del cine a través de haces de luz mucho más caseros.

Me acabo de dar cuenta. Claro que me ha reconocido. Si el personaje es exactamente igual que yo ha tenido que hacerlo por fuerza. Está esperando que un gesto mío rompa su rigidez y desboque la magia que necesitamos fluctúe por entre nuestros cuerpos. Ahora que me fijo, es ella quien acaba de abofetearme en la pantalla. Ella es ella. Yo la cojo con fuerza de ambos antebrazos, parece que voy a hacerla daño pero sólo lo parece, toda la sala sabe que la amo y que simplemente pretendo domarla, amoldarla a mis deseos y hacerla entender que los suyos son idénticos a los míos, aunque me haya golpeado. Vuelvo a besarla, la beso y la amo y ella entra en la pasión y la aumenta y la contagia y ahora siento como nunca había sentido antes que ella necesita que yo sea quien ella quiere que sea y que la coja la mano y que brote la magia como merecemos que brote, a raudales, a borbotones, que nos inunde de pasión y no podamos detenernos. Y no nos detendremos. Alzo la mano y, como en una especie de saltito, la pongo sobre la suya antes de que acabe la escena y vuelvan a conducir hacia casa o a llevarse mal los protagonistas. He aprovechado justo el momento en que ella se mordía el labio para hacerlo y, según ha sentido el contacto, ha aflojado los dientes para soltarlo, dejando su boca entreabierta. Ahora, suavemente hace reptar a su mano bajo la mía para liberarla. Justo antes de terminar el movimiento, todavía con algo de contacto entre nosotros, me ha mirado fijamente a los ojos entre la oscuridad y me ha dicho: “Ahora no; ahora, por favor, no rompas la magia”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s