CUENTOS -Los jóvenes no pasan calor-

-Los jóvenes de ahora no saben lo que es pasar calor. Eso ya sólo lo saben los chavales de Ávila para arriba, que es donde no tienen aire acondicionado hasta para cagar como pasa aquí, Doña María.

-Y usted que lo diga. Porque dónde se ha visto, salvo aquí, que haya aire acondicionado en la Farmacia, Don Anselmo.

-Bueno, señora, uno lo pone el aire donde quiere.

-Claro, siempre que tenga edad para ponerlo. También puede usted prohibir la entrada a menores en la farmacia para que sepan lo que es pasar calor.

-¿Polibutín me puede dar? –He interrumpido la conversación, que con lo poco que me queda de vida, para chasco se me acaba en una farmacia refrigerada del sur de España. Sigo teniendo náuseas. Ayer mismo vomité otra vez. Me están dando arcadas antes de llegar a casa y poder tomarme el Polibutín. “Es por la caló, mushasho, es por la caló, que tú no tiés na, que es que los de ciudad no aguantáis na”. Quizá me tengo que ir a morir a un lugar donde los lugareños generen mayor empatía. Porque en Andalucía lo que te asfixia no es el calor; es el ambiente, es la persiana bajada, es el sevaalbarantesqueiraveralaenferma. Con lo malo que yo estoy. Hasta el blanco de la cal agobia, como si no lo hubiera diseñado IKEA. Deberían saber que con todas las casas climatizadas ya da igual de qué color las pinten por fuera. Seguramente dejan así las fachadas para que los jóvenes recuerden el calor que se pasaba aquí antaño; porque ahora, lo que se dice ahora, no saben lo que es pasar calor. Aunque para recordar algo primero tiene que haberte pasado, y a mí no me ha pasado mucho últimamente. Por eso quería ir al bar antes de ir a ver a la enferma. Pero mi mujer no se salta una visita. Claro, si fuera ella la que está tan tremendamente terminal como yo, nos habríamos ahorrado el acercarnos a pasar la mañana con su tía moribunda.

La muerte no te sorprende por la vista, lo hace por el olfato. Por mal que esté el enfermo, su aspecto es de enfermo; los muertos lucen de otra manera. Pero, ay amigo mío el olor. Ese se instala varias fechas antes y no hay quien se lo quite. En cuanto me he acercado a besarla, lo he notado.

-Mira cari, por el olor, para mí que esta señora ya está muerta. – No, no lo he dicho, claro, faltaría más. Que yo sé lo que es estar enfermo y esas cosas se las tiene que guardar uno para sí mismo o lanzarlo a hurtadillas desde la cobardía que ofrece el folio en blanco.

Parecía serena. Ya no quiere ser cascarrabias, aunque a ratos le salga solo. He pensado en seguida en varios anuncios de esos de marcas carísimas que te enseñan que la muerte es la analogía perfecta del nacimiento, y lo bello y lo épico de ambos actos. Tendrían que haber venido a rodar aquí el anuncio, a ver cómo les salía. O ponerle olor a la tele, para descubrir si a acaso los recién nacidos huelen a persona que lleva muerta varios días aunque siga respirando.

Ahora me estoy agobiando, normal. El olor no se me quita de la cabeza y me da por pensar que a lo mejor es mío, porque esta señora estará desahuciada, pero yo también estoy más para acá que para allá. Que me encuentro mal, cojones, y nadie me echa cuentas.

La he cogido la mano y la he acercado para besarla, como en un gesto cotidiano, untando mi nariz por ambos enveses de la mano; de la mía y de la suya. Y nada, que no he sacado nada en concreto. O sea, que puedo ser yo perfectamente el que tenga el olor del muerto, porque seguro que me queda poco.

Ya ni les escucho oír lo que dicen. Dicen lo mismo en todas las casas, haya o no moribundos. Si fuera por la conversación estarían todos listos de papeles, encauzados hacia la otra vida. Por eso puedes entrar y salir con tanta facilidad en estos pueblos de Jaén de las conversaciones, porque siempre son calcadas. Que la vida se acaba siempre para todos dice la otra; no tendrá mejor momento de decirlo que conmigo y con su tía delante. Pues claro que se acaba. Como todo, como la visita, como la conversación, como lo que pones en el folio en blanco.

A mí me pica todo y no sé ni cómo decir que nos tenemos que ir. Al final ha sido ella la que lo ha soltado: “Hala, dadme un beso que tendréis que hacer vuestras cosas”. Pues sí, claro que tengo que hacer multitud de cosas: como tomarme el Polibutín, como llegar a casa, como estar enfermo, como morirme.

-Marchaos, marchaos ya, que con la caló que hace es imposible estar aquí.

-¿Pero por qué no te pones aire, tita?

-Eso no es para mí, eso es para los jóvenes.

He ido a darle un beso apesadumbrado porque probablemente será la última vez que la vea y porque me da lástima que el último recuerdo que tenga la pobre tita de mi persona va a ser mi olor a muerto. Se me ha acercado tranquila, como el que tiene las deudas pagadas, me ha besado en la mejilla dos veces muy seguidas y me ha susurrado al oído: “Pero qué bien hueles siempre, muchacho”.

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