CUENTOS -Sin tiempo para soñar-

Cuando dicen que la vida se creó gracias al agua, que es ese elemento el que logra que aparezcan los primeros seres vivos elementales y unicelulares, creo que la gente no piensa en el agua estancada que me humedece los dedos del pie en mis botas de trabajar los días de lluvia. Avanzo por la calle y a cada paso parece que el agua se mete por las porosidades de mi pie, haciendo que llegue a dolerme por dentro y, al mismo tiempo, vuelva a llenarse todo el recipiente de agua exterior, dejando a aquel vendedor que juraba que en estas botas no entraba ni el aire como un político de baja estofa.

Llego a casa, me siento tranquilamente en el sofá, me quito las botas, hago un charquito en el salón donde lanzo los calcetines empapados y me cojo un pie con las dos manos; lo masajeo con fuerza, como tratando de devolverlo a la vida. Imposible. Me recuesto entonces, sintiendo cómo chasquea mi espalda según se acomodan las vértebras a los bultos del viejo sofá y, cuando por fin parezco relajado y tengo intención de entornar los ojos, miro mi reflejo en el cristalito del mueble bar y rompo a llorar. Porque aunque trabaje en la calle y se me haga duro, todavía me acuerdo de quinto de E.G.B. y de aquella insidiosa pregunta que nos hizo por primera vez doña Margarita y que todavía retumba en mi cabeza: “Y vosotros, ¿qué queréis ser de mayores?”.

Una cosa es que a los niños haya que hacerles la vida sencilla y otra bien diferente es que se les engañe vilmente y se juegue con sus ilusiones. Porque aquella mañana en que la señorita lanzó aquella pregunta inquisitoria al aire para que, por orden, respondiéramos uno a uno, debió ir corrigiendo a la mayoría al grito de: “di otra profesión, que jamás vas a ser piloto de cazas; tus padres no tienen posibles y vas arrastrando ya asignaturas en quinto. Di otra profesión”. El caso es que no sólo nos hemos tenido que acostumbrar a renunciar a nuestro sueño -el mío en concreto era astronauta, aunque suspendiera repetidamente matemáticas y tuviese siete dioptrías en cada ojo ya con esa edad-, sino también a los que decían  en alta voz el resto de compañeros. Porque de ese día salimos todos de clase creyendo que sólo existían profesiones como futbolista, veterinario, piloto, astronauta o cantante. Y luego acabas de peón.

Por eso todas las tardes, cuando me quito las botas y entorno los ojos, sueño con otras vidas. Imagino tener el tiempo que me falta para tratar de desempeñar otras profesiones. Me pierdo entonces entre nubes con mi uniforme rematado con tiras doradas. Voy con la gorra oficial y dejo pasar a un chiquillo a la cabina del avión para que vea la vista frontal. Le acaricio el cabello antes de que se vaya porque tenemos que empezar a pensar en descender para aterrizar; para aterrizar en el gotelé del techo de mi salón.

Poso entonces los ojos sobre unas flores de plástico que tiene mi mujer en un jarrón de imitación y creo enseguida estar en un campo con amapolas, moteado de rojo entre tanto verde. Voy buscando unas reses que pastan libremente para revisar cuál de ellas está vacunada y cercar a las que no lo estén y poder así inyectarlas una vez retiradas del resto de vacas. Cuando tengo a una sujeta por un cuerno, descubro que es mi propio pie, duro y dentellado, el que acaricio con mi mano, dejándolo libre al instante, sabedor de que no se va a marchar.

En un último intento por no volverme del todo loco fijo lo que sale de mis ojos en el punto de fuga que enmarca la ventana del salón y miro cómo una pareja apostada bajo una farola discute sin remisión. Voy ladeando entonces mi cabeza a un lado y el otro, haciendo que, a causa del cambio de perspectiva, la pareja salga y entre de cuadro, creyendo estar rodando un plano maravilloso de esas películas raras en las que en vez de enseñar a los actores bien te da la sensación de estarles espiando. De repente, un portazo ha sonado como si fuera una claqueta de cine. Al volver la cabeza he visto a mi mujer entrando y me he dado cuenta de que el poco tiempo que tengo cada día para tratar de cambiar mi vida ha vuelto a esfumarse. Habrá que esperar hasta mañana a ver si empiezo a esforzarme en este ratito en lugar de lanzarme a soñar.

Caigo en el desánimo viendo cómo gasto el poco tiempo que tengo para cambiar mi rutina en soñar rutinariamente. Así que ya ni rezo por las noches; sólo le pido a quien quiera escuchar una de dos: o que me dejen seguir siendo un niño para no tener que trabajar, o que madure de una puta vez para dejar de soñar cuando vuelva del trabajo.

 

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