CUENTOS -El fontanero, su mujer y otras cosas del meter-

Patidifuso y boquiabierto he quedado por abrir la puerta sin seguir los consejos de mi madre la cual, ávida de protección para su pequeño, siempre me pedía que mirara por la mirilla antes de abrir, sabedora que las veces que intenté mirar por otras partes de la puerta no destinadas a ese uso como las bisagras o el picaporte, siempre acababa indefectiblemente algún ladrón en casa, el cual, como nunca había nada para robar, acostumbraba a quedarse en la mesa camilla al abrigo de las faldas calentitas que proporcionaba el brasero, hasta que viniera mi madre y pudiera cobrarse el robo de alguna imaginativa y sudorosa manera.

Pues así me he quedado, patidifuso y boquiabierto, al ver lo que me deparaba al otro lado de la mirilla. Incluso diría que a cuadros, si no fuera porque soy daltónico y me cuesta horrores distinguir entre rayas, lunares y los propios cuadros, que no dejan de ser rayas verticales y horizontales mezcladas entre ellas, algo así como mulatos del diseño textil. Lo que había al otro lado era un actor porno disfrazado de fontanero, personaje éste que como el lector comprenderá no acostumbra a parar en los rellanos de los portales sitos en barrios desolados del extrarradio madrileño, por lo que el susto ha sido morrocotonudo. Y ahora te estarás preguntando o directamente juzgando el hecho de mi socarronería y mi desfachatez al conocer de entrada que el buen hombre era un actor porno de hecho y el camuflaje era de la profesión de las cañerías y los retretes y no a la inversa. O sea, que pensarás que soy un cochino viciado en el onanismo y seguramente ya ciego por no seguir las advertencias que siempre me acercó con tan buena mano Don Anselmo acerca de tocarse ahí abajo y la progresiva pérdida de visión. Pues no, señor mío, está usted muy equivocado porque si de algo puedo presumir es de casta moral y justo desempeño en mis labores como ciudadano ejemplar, pero es que al otro lado de la puerta el morlaco estaba completamente desnudo y portaba una llave de grifería gigantesca que llevaba apoyada en el hombro, a la vez que lucía un aparatoso antifaz que le tapaba la cara haciéndolo irreconocible y en el cual se podía leer la leyenda impresa en letras llamativas: “Actor porno disfrazado de fontanero”.

Al hacerle pasar por temor a que nos vieran juntos en la escalera, le he ofrecido café con pastas mientras llamaba a la policía, porque mi madre me enseñó que había que ser educado con las visitas a las que no conoces y yo, a este señor, hasta que no se quite la máscara, no sabré si tengo el gusto. Enseguida hemos conectado y la conversación ha seguido unos derroteros interesantes, en los que él me ha explicado que pretendía cambiar de trabajo, pues es muy frío en invierno como demuestran los sabayones que trae el pobre en las piernas a causa de los tres escasos grados que hacen ahí fuera ahora mismo, amén de la escarcha incrustada en las ingles que, al calor del brasero, están empapando la tapicería terracota que de tan buen grado le puso mi madre antes de irse al lado del señor junto con Don Anselmo, años ha.

El corpulento muchacho ha tenido a bien compartir conmigo que su sueño es ser político y llegar incluso a coronar su carrera siendo concejal de fontanería o de actividades erótico festivas y pornográficas. Por su atuendo y su acentuado tartamudeo he tenido que hacerle desisitir de su idea en primera instancia, ya que para servir al ciudadano y vivir del cuento se necesita aparentar, verbo por el que no transita mi nuevo amigo y del que, seguramente, esté en las antípodas de su significado. En seguida me ha corregido y hecho salir de mi error, al proponer subir un selfie de ambos a las redes sociales y lograr en menos de media hora más de un millón de likes. Seguramente ha influido positivamente para su difusión el hecho de haber la foto de cuerpo entero y mi humilde aportación, ya que como me ha pillado la visita de improvisto todavía llevaba puesto el vestido de mamá que tanto me gusta llevar cuando estoy solo en casa para recordarla; y porque su comodidad y practicidad a la hora de rascarse por debajo es inigualable, claro está.

Cuando he sacado los Plastidecor para colorear lo que creía podía ser un buen cartel de presentación política de este buen señor que me acompaña a la mesa devorando pastas duras de mantequilla como si no hubiera un mañana, he sentido una punzada aguda por mi espalda creyendo morir en el instante. El mal pensando lector estará imaginando que el relato al fin alcanza el clímax guarrote y cochinón que anunciaba al incio, pero no ha sucedido lo que todo el mundo tiene en mente en este preciso instante, ya que el mozo lo que ha hecho es golpearme en la nuca y dejarme seco contra el cristal que guarda el mantel, también terracota, de mancha alguna. Al despertar me he dado cuenta de que en realidad era un ladrón estravagante. Aquí en casa sigue sin haber nada que robar, pero al abrir el armario de la habitación he descubierto que se había llevado toda la ropa que tenía y las herramientas, razón de más para creer que el hombre sí que sabía de fontanería y que, definitivamente, no quería ir desnudo por la calle.

La policía no ha creído una palabra de mi versión de los hechos aunque uno de ellos, el más grandote, me ha dejado una tarjeta con su número de teléfono y un pene pintado a boli al lado, por si recordaba algo más, me ha comentado. Ahora han pasado los días y han abierto, oh, casualidades de la vida, una fontanería justo en el local de debajo de mi casa. Cuando he visto mis herramientas en el escaparate, he entrado asustado por la coincidencia pero, el señor amable y musculado que me ha atendido no llevaba máscara, por lo que ha sido imposible identificarle. Lógicamente, he sospechado al verle vestido con ropajes de mi difunta madre, pero no he querido increparle por si erraba en mi diagnóstico y porque, con toda honestidad, le queda el vestido mucho mejor que a mí y me hace ilusión que honre de esta manera a mi progenitora. Así que lo único que he podido hacer es acercarme hasta su oído y susurrarle lo que los dos ya sabíamos: “Si algún día decides volver a ponerte la máscara y presentarte para concejal, ya sabes que mi voto es tuyo, que me tienes comido el corazón, sultán, chulazo mío”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s