CUENTOS -Los viejos tiempos-

Tengo quince años y desde hace más de seis meses estoy cambiando mis hábitos. Lo primero que dejé a un lado fue la videoconsola y el móvil. Empecé por no usarlos. Cada vez que algún amigo me llamaba dejaba que el teléfono sonara durante rato, hasta que se cansara el emisor. Enseguida silenciaba la llamada pero en ningún caso la cortaba; simplemente me quedaba mirando la pantalla, esa luz que parpadea como queriendo insuflar deseo en ti para que cojas la llamada, para que no la dejes morir. Pero yo la dejaba morir siempre. Era su destino. Con la consola me ha pasado un poco lo mismo. El primer paso fue jugar sin encenderla. Miraba a la televisión apagada y cogía un mando de la consola. Movía los dedos con rapidez, balanceando los brazos a un lado y al otro, generando un movimiento que en ningún caso se veía reflejado en la tele.

Al poco tiempo me he dado cuenta de la imbecilidad que supone este tipo de extravagancias y he tirado a la basura móvil y consola. El siguiente paso que di fue el de anular mi matrícula del instituto. De hecho no he llegado a tanto, pero sí que he dejado de ir radicalmente, que para el caso tiene el mismo efecto. El fútbol fue el siguiente paso. Eliminado. Ni lo juego, ni lo veo, ni lo leo. Sencillamente ha desaparecido de mi vida. Así que ahora, sin amigos, móvil, consola, fútbol ni ocupación, sólo hay una cosa que me sobra, eso que todo el mundo codicia y que sólo te llega ya en la vejez: tiempo. Me sobra tiempo a raudales. Y como son los viejos los que mejor saben cómo comportarse cuando te sobra el tiempo, me he decidido a estudiarlos seriamente y a imitar cualquier tipo de comportamiento que me evada de este sempiterno hastío crepuscular, que dice mi madre.

Me levanto a las siete de la mañana, desayuno un vaso de leche desnatada, me abrigo con bufanda y chaquetón y salgo a visitar obras del barrio. Como todavía estamos en crisis, cada vez tenemos menos construcciones que comentar y en las que juntarnos a captar los primeros rayitos solares mañaneros. Hay demasiada gente por obra ahora mismo, pero la concurrencia nunca es un problema para disfrutar de la soledad cuando a uno le sobra el tiempo.

Lo siguiente que hago es jugar al mus. No tengo ni idea de cómo se juega, claro está, por lo que me cuesta conseguir compañero cada tarde en el centro de mayores. Sin embargo, hay que tener en cuenta una cosa: los ancianos son la gente más abierta con los de su misma especie que puedas encontrar. Ellos saben que en cualquier momento pueden sobrevenirles una demencia, un parkinson, o cualquier enfermedad que les postre a una inferioridad a la que no terminan de acostumbrarse aunque cada día puedan notar cómo se incrementa con el paso mismo de las horas. Este sentimiento les lleva a aceptar a cualquiera, desde Don Esteban, que está con la cabeza en Júpiter y suele jugar al mus con las cartas dadas la vuelta enseñando la jugada al resto de la mesa, hasta don Hilario, quien siempre canta pares lleve lo que lleve porque enviudó y la senilidad le lleva a relacionar cualquier situación de la vida con cuando en la suya eran dos, pasando por mí, que sólo repito lo que hace todo el mundo para sentirme integrado, aunque eso me haga tan previsible que es imposible ganar una partida.

Por último, me he aficionado a la petanca. Es totalmente absurdo que un juego de precisión sólo se practique cuando uno está físicamente arrastrado. Por eso les gano constantemente. Mido la fuerza, aguanto el pulso y manejo la dirección de mi brazo de forma muy superior a cualquier persona de más de setenta años. Es lógico.

Lo mejor de todo es que casi ni nos hablamos. Es como si ya hubiéramos dicho suficientes cosas. <<Envido, paso, dale tú, anda que no, claro que sí, tú dirás, a más ver>>. Sencillez en el uso de la palabra. Cercanía del que sabe que se acaba el viaje y pasa la mano por el reposacabezas del copiloto como buscando una aprobación de que van a terminar algo que empezaron hace unas horas y unos kilómetros. A esta gente les sobran kilómetros y les faltan horas. O no; quizá también les sobre las horas.

Y ahora alguien se estará preguntando el porqué. Y no me refiero a ninguna pregunta metafísica sobre la vida y la muerte cuando se acaba lo que vinimos a hacer, sino a por qué hago yo estas cosas teniendo 15 años, cuando debería estar en el instituto, llamando por el móvil, jugando al fútbol y dándole a la Playstation. La respuesta es muy sencilla: Para que cuando llegue a viejo, no tener que hacer las cosas que hacen los ancianos porque sí; yo quiero hacerlas para recordar que en los viejos tiempos hubo un día en que también fui joven.

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