CUENTOS -Enmarcados-

Al abrir la caja me quedé muda. Enseguida me  brotaron lágrimas de los ojos y mi labio inferior no paraba de temblar como un muelle desbocado. Cuando una es tan anciana no suele emocionarse así de golpe, si no es por una pérdida repentina; porque está curtida, porque tiene la piel por dentro hecha de cuero y de disgustos y porque está desaconsejado por nueve de cada diez cardiólogos. Pero aquel instante me devoró por dentro. Martín enseguida se agarró a mi manga y tiró con fuerza.

-Abuela, ¿qué te pasa, abuela? ¿Qué te pasa?
-Nada mi niño, no te preocupes. La abuela está muy, muy contenta y por eso llora.

Aunque no me creyó de primeras, enseguida vio que una sonrisa plácida y melancólica cruzaba mi barbilla y notó cómo me relajaba y me dejaba caer en el butacón ajado para contemplar con tranquilidad el tesoro que acababa de encontrar. Saqué la primera foto enmarcada y mi nieto no supo interpretar qué era aquel objeto tan marciano. Después de preguntármelo siete  veces seguidas le expliqué tranquilamente que esas cartulinas con figuras dibujadas era la forma que teníamos antes de guardar nuestros recuerdos. La apertura de su boca denotaba la sorpresa y la ilusión que aquel disparatado invento le había causado.

-¿Y qué recuerdo es ese, abuela?
-Es de cuando tenía 16 años. Estoy en un campamento. Aquel de la fila de abajo es tu abuelo. Fue allí donde nos conocimos.

Martín acariciaba una y otra vez el cristal del marco como si pudiera rozar el momento, como si fuera un ciego que toqueteando las cosas puede vivirlas como nadie consigue hacerlo. Enseguida saqué un segundo portarretratos, esta vez con un beso en la mejilla mientras yo sonreía a cámara pizpireta dejándome hacer. Le expliqué a Martín que ese día fue la primera vez que nos besamos el abuelo y yo. Me confesó el chiquillo que él ya no se acordaba del abuelo. “Para eso estaban estas cosas. Ahora ya nunca te olvidarás de él”, le confirmé.

Extendí por el suelo todos los cuadros que tenía en la caja de aquel desván que ahora abandonábamos para siempre. Miguel Ángel y yo quisimos tener la vida a golpe de vistazo en las paredes de nuestra casa, por ese nos fotografiamos solos los dos en cada momento importante para nosotros. Los viajes fuera de España, las vacaciones en la playa, nuestra boda, el día que empezamos a vivir en nuestro primer piso, el bautizo de nuestros hijos… No se trataba de presumir de vida feliz, simplemente consistía en vernos crecer juntos, uno al lado del otro, muy juntitos para no ser pillados por los marcos.

Aparecía con canas y algunas arrugas en la última foto que saqué del fondo de la caja. Sonreíamos a cámara con una vela con un cinco cada uno mientras hacíamos que soplábamos la llama. Era mi cumpleaños. No había más. Hasta ahí había llegado nuestro recorrido pictórico de recuerdos.

-¿Y qué pasó abuela, por qué no hay más cuadros para ver recuerdos, qué paso abuela, qué pasó?

-Nada, mi niño, no pasó nada. Simplemente que en aquel cumpleaños, tu abuelo me regaló un nuevo teléfono móvil.

 

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