CUENTOS -El peseto de la muerte-

Los taxistas que hacen el turno de noche son mucho más peligrosos. No es porque salga en las películas; ni siquiera está en su naturaleza. Simplemente, tienen más oportunidades de hacer el mal, de ser un cabrón despiadado que puede hacer con otra persona igual a él lo que le venga en gana. Asustar, presionar, babosear… Incluso violar, matar, desmembrar si se lo propone. Están a su disposición. Y este tipo.., bueno, este tipo sabía de sobra que tenía ese poder en su mano.

La verdadera cruz de una fea es que ni siquiera la eligen para matarla en una historia de terror. Es decir, imagínese usted que la que entra al taxi es un adefesio de mujer, cuya cara se ve todavía más deforme por el efecto que hace la mampara antirrobo a la vista del propio taxista. Como que no se lo plantea. La lleva a Entrevías, le cobra la carrera y si te he visto no me acuerdo porque no me quiero acordar. Sin embargo, si entra una bella dama, una tía buena con todas las letras, así bien grande en mayúsculas: TÍA BUENA que entra en el taxi, sonríe, se acomoda las tetas que acaban de entrar botando al retortero en la parte de atrás del vehículo y te dice hacia dónde va. Mis cojones vas a ir a Vicálvaro, irás donde yo te lleve buena moza, piensa el reptil humano transformado en animal nocturno al volante de un taxi. No sé si me está siguiendo hasta aquí. No, no, no me diga nada que jode la magia, sigo y luego me cuenta.

El caso es que el tipo, el peseto. Ah, eso, se me olvidaba. La novela se llamaría “El peseto asesino”, que es como coloquialmente se le dice a los taxistas en Madrid, donde transcurriría la acción. Pues eso, el peseto empieza a descubrir que tiene un ansia de matar que no puede con ella al ver a la zagala en la parte de atrás del taxi. Se va cargando, echando miradas por el retrovisor, haciéndole comentarios, sintiendo cómo la muchacha juguetea llena de vida con un mechón de pelo mientras contesta a algún mensaje por el móvil. Ni siquiera es algo sucio, en plan sexual; para nada. Él lo que quiere es estrangularla. Como cuando te dejan un cachorrito de perro entre los brazos y te da tanta ternura y desprotección que te entran ganas de apretujarlo, solo que él llegando hasta el final y partiéndole el cuello, claro. No las va a apretar a las jamelgas en plan abrazo del oso para luego soltarlas y que se vayan corriendo, obviamente.

Bueno, pues el tipo ya por fin da un frenazo, se gira y mirándola fijamente a los ojos le dice que va a quebrarle el cuello como si fuera un conejo deslumbrado por las luces de un coche por el que es atropellado al instante. No se lo piensa dos veces y se lanza a su garganta directo, con todas las fuerzas que puede coger al revolverse en el asiento. La hostia que se pega contra la mampara es fabulosa, se puede usted imaginar. El tipo la instaló hace semanas para que no le robaran pero se da la paradoja de que ahora es a él a quien le frena. La golpea, la golpea varias veces con todas sus fuerzas, pero la mampara no cede de ninguna forma. Intenta entonces derribarla con la cabeza, a lo bestia, no piensa detenerse hasta llegar a su víctima. De los golpes se le abre una brecha y ya ni ve a la joven; los borbotones de sangre le impiden enfocar cualquier imagen nítida. Además, la chica hace rato que ante el comportamiento psicópata del peseto asesino simplemente ha abierto la puerta y se ha marchado. El tipo está tan obsesionado en llegar al asiento de atrás a través de la mampara que no ha caído en la cuenta de que podía haber salido y entrado y llevaría quince minutos más que muerta la muchacha.

El final lo he dejado abierto, por si quieren llevar al cine la historia, que puedan hacer segunda y tercera parte, porque otra cosa no pero taxis en Madrid hay para dar y repartir. En fin, ¿cómo lo ve? ¿Se encuentra usted bien? Tiene la cara desencajada. Bueno, antes de que me dé su opinión quería agradecerle que me haya atendido. Han sido cientos de cartas las que le he enviado y miles de llamadas las que le he hecho a su secretaria para poder concertar una cita con usted, con Antón Peanas, el editor literario más importante de este país. Vale que he entrado a palazos en el edificio, he atrancado la puerta y como no le guste le voy a reventar el hocico y le voy a enterrar en el olivo ese que tienen a la entrada en una maceta gigante. Pero eso no es lo importante ahora mismo y ambos lo sabemos. Lo importante es el detalle que ha tenido de recibirme y, sobre todo, que me diga si le gusta o no le gusta o qué le parece mi novela.

¿No habrá llamado a seguridad? Siempre con la misma cantinela. ¿Cómo cojones me hace esto? Si yo no he amenazado a casi nadie de su familia, por el amor de Dios, sea usted coherente. Venga, ábrase a mí, no sea timorato, que la puerta va a terminar cediendo y nos van a joder la reunión los seguratas. ¿Tiene o no tiene posibilidades la historia? Tiene una enjundia que te cagas, no me diga a mí usted que no. Antón, ¿puedo llamarle Antón, verdad, no le importa que le tutee? Antón, usted sabe reconocer una buena historia cuando la tiene delante de usted.

La oreja casi se me desprende del golpazo que me ha pegado el de seguridad contra la mesa. Entre tres me han esposado con bridas de plástico y me han puesto las costillas tibias a patadas. El cabrón del señor Peanas se ha arrancado con los típicos insultos baratos y las palabras malsonantes; pero no contra mí, sino contra los guardias de seguridad que bastante tenían los pobres con esquivar mis coces y rellenarme la barriga de golpes. Imbéciles, mentecatos, inútiles, no valéis para nada. Esta pobre gente cobra 1050 euros al mes y están expuestos a que cualquier autor iracundo les clave las uñas en los ojos o cosas peores y el cabronazo éste que se lucra de nuestro talento, el de los autores, no para de decirles que les va a despedir. Ahí sí que tienes una buena historia, en un tipo de seguridad al que su jefe veja a todas horas y empieza a matar a toda la plantilla de la empresa para que su jefe se quede sin trabajadores y se arruine. Y esa historia sí que es cien por cien adaptable al cine, en plan La jungla de cristal pero con el malo dentro desde el principio. Voy a ver si la escribo y, esta vez sí, consigo que alguien la lea, no como me pasa siempre con esta mierda de relatos cortos que me da por escribir antes de que me entre el miedo de intentar visitar a algún editor famoso rodeado de seguratas incompetentes.

 

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2 comentarios sobre “CUENTOS -El peseto de la muerte-

  1. Una narrativa ágil y transmisiva, porque está muy conseguido el tono coloquial.
    No sé si le habrá gustado finalmente al cabrón del editor, pero yo te veo con muchas posibilidades, así que persevera y mejor si te pasas a google, que estos blogs son un coñazo hasta para compartir.

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