CUENTOS -El dragón de colores y el negro corazón-

-Dragọn ahụ enweghị ezé, dragọn ahụ nwere nani oche na Ohiri isi n’ime. Atụkwasị m obi obere Kemo.

(El dragón no tiene dientes, el dragón sólo tiene asientos y almohadas por dentro. Confía en mí pequeño Kemo).

Un familiar de Kemo hubo de tranquilizarle dándole su palabras de honor de que cuando llegara a Europa el dragón lo devolvería a la tierra sano y salvo. Los colores de la TAB no eran especialmente infantiles. Un verde y un rojo matados que nada le decían al pequeño Kemo en la pista de aquel aeropuerto de Lagos, más allá de ‘soy un bicho gigante que surca los cielos y nunca has visto en tu vida’. No había por qué fiarse de que, una vez engullido por aquel monstruo, volverían a dejarle salir; pero la palabra de su tío valía el oro que nunca había llegado a ver en su aldea del interior nigeriano.

Kemo subió al avión con los brazos rígidos, pegados al cuerpo, sin querer tocar nada de aquel bicho gigante que le llevaba a otro mundo, el de los blancos, aquél en el que dice, se te cumple un sueño si lo pides de corazón; el suyo era sencillo: soñaba con quedarse con su familia y no pisar jamás la tierra donde dicen que a los blancos se les cumplen los sueños. Yo esperaba a 5000 kilómetros de distancia, en España, haciendo de familia de acogida mientras el chaval era operado de una malformación en el corazón que en su tierra le costaría la vida en pocos meses; no había cirugía para rectificar la segunda mala pasada que le había jugado el destino nada más nacer. La primera había sido precisamente nacer donde su corazón no tenía cura.

Al aterrizar Kemo ya sonreía. Había sido la estrella en el interior del dragón. Las mujeres blancas le habían dado pócimas negras chispeantes que estaban dulces, hacían que se le durmiese la punta de la lengua y le quitaba las ganas de dormir. Además, enchufaron unas pantallas con imágenes en movimientos  como si las personas se hubieran metido dentro y pudieran moverse y hablar sin sentirse aplastadas por el cristal. Pura magia para un niño de 8 años que sólo había salido del mato africano para estar ingresado en un hospital destartalado de provincias.

Cuando por fin nos encontramos en la terminal, le extendí la mano y me presenté: Mi nombre es Eneko, le dije, se pronuncia parecido al tuyo: Eneko, Kemo, Eneko, Kemo. Debió parecerle muy gracioso porque no paraba de reír y por fin se acercó y me dio un abrazo, dejando mi mano y mis modales desarrollados a nivel de la educación en la baja Edad Media. Nos fuimos hacia la urbanización donde por aquel entonces residía a las afueras de Madrid. Nada más llegar, mientras atravesábamos el caminito de loseta que llevaba a la valla del chalet, saltaron los aspersores que riegan el césped haciendo que se mojaran los alrededores. Kemo se detuvo y exclamó completamente alucinado: “Lee, anya, ebe a na ọ Mmiri na-ezo si n’ala, ọ bụghị site na mbara igwe na Africa”.  Según subí a casa pude pedirle que lo escribiera en un papel y meter la frase en el traductor de Google. La emoción se me acumuló en el lagrimal al leer el resultado: “Mira, mira, aquí llueve desde el suelo, no desde el cielo como en África”.

Estaba preparando la cena aquella primera noche, un plato africano que había sacado de un blog de internet que seguramente nada tendría en común con la comida que Kemo solía comer pero que dejaba mi conciencia tranquila cuando un hormigueo empezó a molestarme desde los dedos de la mano hasta el codo derecho. Enseguida un pinchazo insoportable y la cena desparramada por los suelos. La manía de cocinar con el móvil a mano me permitió llamar al 112 antes de quedarme rígido del todo mirando hacia el techo mientras Kemo me miraba entristecido desde arriba gritando como un loco: Kemo, Eneko, Kemo, Eneko, Kemo, Eneko. No podía ni pestañear en ese momento, si no, le hubiera sonreído con ganas.

Ya en el hospital, dejaron a Kemo en la sala de espera mientras a mí me metían por los pasillos. El chaval salió corriendo tras nosotros pensando que le estábamos abandonando, imagino por los gritos que pegaba intentando cogerme la mano mientras repetía: “Dragọn ahụ enweghị ezé, dragọn ahụ nwere nani oche na Ohiri isi n’ime. Atụkwasị m obi uku Eneko”. Nunca supe lo que significaban aquellas palabras.

Por supuesto, viví para contarlo en este torpe relato. Al salir del hospital me informaron de que Kemo había sido realojado en otra familia temporalmente a la espera de su operación de corazón; nunca más volví a verle ni a saber de él. Mientras esperaba en el hospital a que Servicios Sociales se hiciera cargo de él, me pintó un dibujo que ahora me entregaba la enfermera. Estábamos él, yo y un dragón de colores sobrevolando nuestras cabezas. Debajo, en la base del folio, había escrito:

-“Jụụ, nke dị n’ala ndị ọcha jụrụ m chọrọ: M ka ya bụrụ na ị na-agwọ, obi”.

(Tranquilo, en la tierra de los blancos he pedido mi deseo: Deseo que te cures, de corazón).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s