ESCRITORES -Scott Fitzgerald-

Me di cuenta bastante tarde de que estaba ardiendo. Mis brazos se deshacían en llamas, no recuerdo si por dejadez o accidente; sólo sé que por primera vez me quemaba por fuera y perdía una vida acostumbrada a arder por dentro. Me di cuenta entonces que la piel no es más que presente; ningún fogonazo, ninguna llamarada, ninguna tos espantosa provocada por el humo, duele más que perder un recuerdo. Y te he dicho muchas veces que no me queda ninguno. Pese a que ya no sé quién eres. O por lo menos no lo sabía hasta este preciso instante, en que me doy cuenta de tu renovada y subterránea cercanía.

Se puede decir que no descubrí el incendio por el acuse de dolor, ni por la humareda asfixiante. Lo sentí cuando dejaron de sonar esas voces, tan familiares por constantes y quisquillosas. Se callaron un instante y entonces lo supe: iba a morir. Por fin. La esquizofrenia nunca se apiada de quien muere con retraso; los incendios en Asheville siempre llegan tarde, como el alcohol al borracho. Parece que las palabras vuelven a mí. Debe ser síntoma de un último acercamiento a ti, mi amado Scott.

Pareces aquel chaval disfrazado de Gatsby con uniforme de teniente en sueño de general. Pareces él. Acaso lo sigas siendo. Tu corazón dejó de latir al tiempo que mi cabeza. Nos separaron ocho años de penitencia y un día de resaca. Ahora sé que no fue el alcohol ni las palabras las que cesaron el ritmo de tu existencia. Te habías escondido aquí para esperarme. Abrázame una última vez. Zelda ha vuelto a viajar a tu lado. Siempre dijiste que la vida es sólo un continuo proceso de deterioro. Por fin nos detendremos en tu tiempo. En el auge de una fiesta que no queríamos celebrar. Suspendidos en el paladear del gozo, en la ebriedad de la risa compartida. Todavía recuerdo la última frase de El Gran Gatsby: “Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”. Podríamos pedir que lo pusieran en nuestra lápida.

-Espero que lo hayan hecho. Querida, no estés triste. No se nos puede tener en cuenta la muerte cuando hemos tratado de vivir. 

Ya vuelvo a oír de nuevo aquella voz que me quemaba antes de arder.

BIOGRAFÍA

Beber, escribir, vivir y aparentar. A eso jugaron Zelda Sayre y Francis Scott Key Fitzgerald durante sus alocadas, excéntricas y geniales vidas. Sus muertes, por separado, fueron la conclusión lógica a su manera de vivir. Ella, quemada en un incendio producido en el psiquiátrico de Nashville en 1948; él de un ataque al corazón ocho años antes, totalmente abandonado a la bebida desde que su amada desarrollara su esquizofrenia.

La época del jazz marcó el devenir de las novelas de Fitzgerald y viceversa. “A este lado del paraíso”, “Hermosos y malditos”, “El gran Gatsby” y “Suave es la noche fueron su legado”, amén de su obra póstuma: “El último magnate”.

Gustaba de decir: “Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”, fue guionista en Hollywood en la época en la que, dicen, se bebía doscientas cervezas al día y acabó por sufrir dos infartos que le condenaron a una tumba que comparte con su amada Zelda y a la cual la sitian varios locales comerciales. Fue el genio de una generación que, según sus propias palabras tuvo “todos los dioses muertos, las guerras combatidas y la fe en el hombre destruida”.

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