CRÍTICA CINE -La llamada-

Hay que tener mucho valor para simplemente tener una idea original como la del origen de “La llamada”, hay que tener mucho arrojo para empezar a representarla en el hall de un teatro, delante de las escaleras por las que baja Dios cantando por Whitney Houston, hay que tener mucho morro para llegar a colarse con semejante premisa dentro de la sala del teatro Lara para quedarte en cartel de forma indefinida, pero sobre todo, hay que tener descuajaringada alguna parte del cerebro para levantarte a aplaudir con rabia al acabar la función y acercarte a los creadores de la obra, Javier Ambrossi y Javier Calvo, para asegurarles que esa historia quedaría de lujo en la gran pantalla y que tú les vas a dar la oportunidad de hacerlo, como dicen que hizo Enrique López Lavigne, el productor de la cinta.

La historia es extremadamente sencilla y, en ocasiones, incluso va en contra de cualquier convención cinematográfica. Con únicamente cuatro personajes, una temática poco común como lo es las apariciones de Dios, y unas subtramas locas como el descubrimiento de la homosexualidad de una monja y una adolescente o el consumo de drogas en un campamento religioso, la película se va armando poco a poco, con puntos de progresión que van sumando apenas un suspiro narrativo a cada escena, con unas actuaciones que te llevan dentro de la pantalla, de esas interpretaciones que te agarran por el hombro y te dicen al oído: “Vente, ven, a vivir un ratito aquí dentro con nosotras, a compartir nuestra lágrimas y nuestras carcajadas para que te vuelvas a sentir vivo”.

Personalmente, no podía interesarme menos la premisa y me asustaba el modo tan teatral de abordarla por temor a caer en el tedio. Me equivoqué, o mejor dicho, me corrigieron “Los Javis” y me soltaron a la cara a través de esta película que el buen cine no tiene que ver con el qué sino con el cómo, y me enamoraron desde la primera vez que escuché la voz rota de esas adolescentes que lo único que quieren es amar. Decía Sabina que una buena canción es una buena letra, una buena melodía, unos buenos arreglos y algo más que nadie sabe lo que es y es lo único que importa. “La llamada” tiene eso, el acierto invisible, el alma cinematográfica que es lo único que importa y que ya la ha convertido, a mi parecer, en una obra inmortal.

En 1979 Lola Flores viajó a Nueva York para desplegar su arte. Tras su primera actuación, el New York Times publicó una crítica en una frase criticando que no hacía nada especialmente bien en concreto pero que sin embargo era puro arte. Esa frase puede aplicarse a esta película tan modesta como tierna y emotiva: “No canta, no baila, no se la pierdan”.

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