UN CORAZÓN LEGENDARIO

Habían salido expulsados del ventrículo derecho con una virulencia inusitada. Ni siquiera sabían por qué estaban allí, pero ese regusto doloroso hacía que nadie se lo preguntara. Encontraron retención sanguínea, con un transcurrir denso, como el tráfico de pateras de las costas gaditanas que podemos encontrar desglosado en los telediarios veraniegos. El calor hacía que al cruzarse con otros elementos por las arterias se quedasen pegados merced al sudor, lo que conseguía que se fueran deteniendo y miraran a los ojos de sus inoportunos vecinos durante unos segundos; con quince grados menos de temperatura nunca hubieran compartido miradas tantas veces en tan escaso tiempo. Por fin llegaron al lóbulo mental que alberga los sueños y fue entonces cuando se dieron cuenta de que estaban en el cuerpo de un hombre negro, porque la vasija que almacena los sueños cumplidos estaba vacía. Cabizbajos, creyeron bracear en las lágrimas de unos ojos, sin darse cuenta de que estaban sobre la lengua de una persona que sabía llorar por la boca. Una arcada paralizó sus corazones y sus ansias de viajar. La segunda y definitiva hizo que las miradas se vinieran sin sorpresa pero con una tristeza insuflada de fatalidad: supieron que nunca más volverían a ser bombeados por un corazón tan legendario.

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