A PARTIR DE TI, LA VIDA

UNA CURVITA DE DERECHAS

Cuentos

Las rayas intermitentes de la carretera van una detrás de la otra. Muy a prisa; si no fijo bien la vista parece que están unidas. Debe ser por la velocidad o por el tocino. O porque se me va la cabeza. O por las cuatro, qué sé yo. Parece que el cristal del coche está empapado pero no entran gotas por la ventanilla bajada. Debe ser por las lágrimas. Llevo más de cuatro horas llorando. Y bebiendo. He estado con Facundo echando ginebras con Coca-Cola, casi sin hielo, contándole todo lo que me había pasado y que no sabía cómo arreglarlo. El borracho gilipollas me ha soltado que el problema no era no saber cómo arreglarlo, sino saber primero si tenía solución. Y he cogido el coche. Y ahora voy, ¿eh? No, no era nada, un resalto o lo que sea o lo que me dé la real gana. Ahora voy en el coche pero sólo miro las rayas intermitentes que hay sobre el asfalto mientras pienso una solución que no voy a encontrar si sigo acordándome de Facundo en lugar de pensar en lo que tengo que pensar.

Maribel me lo advierte siempre. Que no se enteren los niños, que no se enteren los niños. Y se han enterado, claro, por eso estamos así. Y se ha marchado de casa. Yo no lo quiero ni imaginar. Bueno, ni quiero ni puedo porque cuando yo era pequeño no había coquita. Ni coquita, ni M, ni nada. En mi pueblo no había ni canutos. Los mayores bebían, era legal y estaba bien visto. Ahora sigue siendo legal pero ya no está tan bien visto. Sobre todo por la policía cuando vas conduciendo.

Hola Papa. Qué haces aquí. Siempre vengo a la misma hora. Cómo cojones vas a venir a la misma hora si no vienes a las… Se ha puesto a llorar. Sin parar. Yo he recogido rápidamente y he echado a todos estos, pero ya era tarde. La madre se ha enterado porque le ha puesto un SMS. Con 10 años. En el puto momento que le compré un móvil a la niña. O que no me apunté sus horarios.

Ha venido como un vendaval, le he prometido que no estábamos haciendo nada y me ha sacado su BlackBerry. Tenía una foto que la chiquilla había sacado de la mesa con todas las rayas. La ha cogido y se la ha llevado. Y ahora no sé ni qué hacer. Salvo beber. Beber y conducir. No quiere volver conmigo. Le he dicho que me hago análisis todos los meses si quiere, que todo va a cambiar, pero insiste en que casi prefiere que esto haya sucedido porque no aguantaba más y no sabía cómo librarse de mí. Y esto le ha dado valor, claro.

Y eso sí que me ha hecho daño de narices tío. Que me diga que si tantaranpán que te han visto Pepe, tantaranpán que te han visto Juan. Con lo que me ha querido y ahora me suelta eso de que ya pretendía separarse de antes sólo por joder, para hacerme daño. Porque yo la verdad es que de la niña he pasado tres kilos toda la vida, pero porque no soy niñero, pero a Maribel siempre la he querido con toda mi alma. Yo si se muere, me muero.

Ahora sí, ya por fin he separado la mirada de las rayas de la carretera. Creo que lo he visto claro. Aminoro por si acaso, porque quieras que no, me da miedo, veo que viene una curvita de derechas pelín cerrada sin quitamiedos, levanto el pie y dejo las manos muertas sobre el volante, como si fuera un muñeco de trapo sin huesos, ni músculos, ni nervios.

Cuando me estaba cayendo un borbotón de sangre por el ojo y la nariz proveniente de una brecha en la frente, mientras me la tocaba para ver si era profunda, me ha dado por pensar en si habrá mucha gente que se empotra aposta contra un árbol para tratar de solucionar sus problemas. Porque aunque parezca una locura, funciona.

Cuando he abierto un ojo Maribel tenía cogida mi mano. Yo he sido pillo y lo primero que he preguntado ha sido por la niña, como haciéndola creer que yo pensaba que el accidente había sido con ellas en el coche. Maribel me ha tranquilizado diciéndome que no, que iba sólo. Gracias a Dios, he sentenciado. La he mirado con lágrimas en los ojos y le he dicho: Tengo muchas ganas de irnos a casa. Ella me ha respondido: Yo también. No he tenido ni que pedir perdón.

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DESPEDIDA EN LONDRES

Londres es la ciudad del mundo donde más mengua el amor. Es lo opuesto a París en este sentido, siempre hablando en términos de pareja. Allí se diluyen; como que se distancian y se apagan. Quizá sea por el idioma. O por la niebla; no es clima para una pareja. Hay demasiada libertad a la hora de elegir vestimenta; quizá sea eso. La libertad. Y la vestimenta. Si unos novios van de la mano por Victoria Street vistiendo de forma tan diferente, es casi seguro que uno acabe en Hyde Park y el otro en el Támesis. Ya sin ir de la mano, por supuesto.

Estas disposiciones son agravantes a la hora del otro tipo de amor, el que, valga la cacofonía, viene del desamor; es decir, el amor a uno mismo. Si te paras a mirar londinenses, cualesquiera que sean sus procedencias remotas, te das cuenta de lo mucho que se quieren a sí mismos. Se respetan, se saben una entidad. Un cubil cárnico humano con sensaciones térmicas y nervios para disfrutar del sexo, que es único e indivisible, y al que le toca las narices sobremanera que le obliguen a hacer las cosas. Pero yo no soy así. Seguramente porque soy española y sólo estoy aquí de vacaciones.

Me llevó cerca de Buckingham Palace, al The Goring. 338€ la noche, bufete libre, mucho mármol, mucha franela y demasiado dinero para una noche. Sobre todo para una velada entre unos novios de más de un lustro. Ya nos sabíamos todo, no había que pagar esa cantidad por hacernos un nuevo examen. A no ser que fuera el último.

Dormíamos en casa de una amiga y el The Goring fue una sorpresa que quiso darme. Habíamos pasado de squats a miembros de la realeza en veinte minutos de Metro. Eso me despertó una alarma interna: cuando un hombre quiere que te sientas como una princesa es porque pretende por las sensaciones de un día que lo seas toda la vida. Me puse histérica cuando este pensamiento me abordó. No podía parar de mirar los bolsillos de su pantalón, buscando un bulto que me mostrara el envase aterciopelado de un anillo de pedida. Él sonreía y soltaba risotadas que mi bloqueo alejaba hasta tal punto de ver la escena sin volumen; ni siquiera escuché el tapón del champagne que salió disparado contra el techo. Cuando ves a la persona a la que amas hablándote pero físicamente no puedes escuchar nada, definitivamente tenéis un problema de comunicación.

Fue al ver salir el champagne de la botella cuando me acordé de Shirley MacLaine en El Apartamento totalmente abrumada porque creía que Jack Lemon se había suicidado y su descanso al ver que el ruido provenía del tapón al abrirse la botella. En ese instante supe que hacía mucho tiempo que no le deseaba, que le estaba haciendo creer que estar en aquella habitación tan fuera de sitio era fantástico, cuando en realidad nunca había estado tan alejada. Decidí que le tenía que dejar. En ese instante. Ignorando la cobardía que nos acecha a diario a casi todas las parejas que continuamos la linde por no tener valor suficiente ni calzado adecuado para ir campo a través.

El anillo -que finalmente tenía guardado en la chaqueta- ya estaba frente a mis ojos. Una lágrima de desesperanza que siempre se puede confundir con emoción y ternura para decir en voz alta lo que siempre ansié toda mi vida: “Sí, quiero”.

Ese día me di cuenta de que los finales felices sólo se dan en las películas.  Y también me di cuenta de que en España se ama diferente que en Londres. Como peor, no sé; como más en pareja.

David Alfaro

http://www.facebook.com/DavidAlfaroSalirDelCajon?ref=hl

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OLORES

Se ha colado por el orificio de la derecha como si fuera una pelusa volada por la corriente de aire que se entremete al cerrar la puerta. Lo he sentido sólido, a sabiendas que un olor nunca puede serlo. Su halo nauseabundo me ha tumbado y he llegado casi mareado a la boca de Metro. Es lo que tienen los mendigos y las señoronas del barrio Salamanca, que se acostumbran a su olor y luego no admiten que quizá al resto no les sea agradable. Sin embargo, aunque haya sido un mal trago -o una mala respiración- me ha servido como contraste con el siguiente olor que me sobrevenía apenas sentado en el andén: era la colonia de mis primeros besos. No quiero parecer un anuncio pseudo emotivo de Chispas, pero la realidad es que cuando hueles una colonia de la época en que te dabas los primeros besos en un parque ya casi de noche, a esa hora a la que empezabas a disfrutar y que se terminaba por un toque de queda que te instaba a pensar que el placer estaba en la noche que tenías prohibida y no en la vida que te quedaba por delante, cuando eso sucede, te hace recordar. Te hace sentir bien. He respirado profundamente un par de veces y, bajo el supuesto universal de saber que cuando cierras los ojos desaparecen los problemas, he oscurecido durante unos minutos mi mirada.

En ese momento he pensado en el día en que murió mi abuelo Kiko. Era anciano. No  sabría precisar con cuántos años pasó de esta vida a no sé muy bien dónde. Curiosamente, en los abuelos de antaño, es imposible precisar su edad; Simplemente se arrugaban y quedaban en ese estado físico hasta pasados diez o quince años, fecha en que morían. Yo era un niño y el abuelo estaba ya muy malito. Decía cosas sin coherencia, algo que nos hacía mucha gracia a nuestros primos y a mí cuando íbamos a verle. Era como si estuviera borracho y nosotros domináramos el arte del alcohol de tal manera que él se hubiera estancado en el peldaño anterior, ése que siempre nos hace tanta gracia a los que nos creemos superiores. El día que murió estábamos todos allí. El abuelo no paraba de citar ciertos lugares y personas, la mayoría mujeres, que había conocido o reconocido después de un tiempo por decenas de lugares del mundo. Y a cada situación le ponía un olor. “El olor a cuero de la silla de montar de Don Eugenio en la Argentina. Qué ojos tenía esa mujer. Qué hijo de la gran puta, Don Eugenio”, decía con los ojos entornados y respirando dificultosamente, como si le entraran los olores a borbotones. Luego enseguida arrancaba con: “Qué bien olía aquél campo donde nos escondimos. Era jazmín o algún tipo de flor que no sabría deciros pero que reconocería apenas de una respiración. Allí, en Andalucía, supe que la vida puede ser una mierda en los momentos que mejor huele”. Mis primos y yo reíamos por las incoherencias y por las palabrotas. Mi padre apretaba la mano del abuelo y éste continuaba su plática: “El polvo de talco huele a niño y a muerte en vida; Y el olor a vagina en los dedos antes de ir a trabajar, ése, ése es el olor de la libertad”. Nos tuvieron que sacar de la habitación de las risas, creo que hasta Marco, un primo un par de años más mayor que yo se hizo pis de tanta carcajada. Luego, con los años se lo he escuchado decir a más gente. Gente que asegura que han visto casos como el de mi abuelo. Dicen, que antes de morir, recuerdas los olores de toda tu vida, que el sentido del olfato, por una enzima que tiene la pituitaria, sigue persistiendo cuando el cerebro está medio apagado y no tiene capacidad para reproducir imágenes en la mente. Y que por eso recordamos que hemos vivido por lo que hemos olido.

De repente, el olor dulce de la colonia que se echaba una niña soñando ser mayor (es curioso que ahora se echen la de niña, queriendo regresar al toque de queda y los besos en el parque) ha desaparecido. Han vuelto los sonidos a mi ser, el murmullo de la gente yendo y viniendo, el frenazo del convoy llegando al andén y situándose para que todo el mundo entre. He mirado a la chica que llevaba la colonia y ya estaba alineada con otras cien personas, ansiosa por que las puertas del vagón se abriera. Ya sólo quedaba yo sentado y sin alinear. En ese momento, no olía a nada. He dejado marchar al tren y ha sido justo en el momento en que me quedaba sólo, cuando me he dado cuenta de que cada día nos morimos un poco, por más olores que te ataquen en el camino.

David Alfaro

http://www.facebook.com/DavidAlfaroSalirDelCajon?ref=hl

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