CRÍTICA CINE -Rumbos-

Si buscas Rumbos en la RAE, encontrarás: “Camino o senda que alguien se propone seguir en lo que intenta”. Intente lo que intente, se sobre entiende, aunque sea algo tan difícil de encontrar por un camino, como lo es el amor. Unidos por la noche barcelonesa y un programa de radio de esos que dan cobijo, mesa y mantel, a la soledad, se entrecruzan los rumbos de un taxista, dos adolescentes, un camionero, una prostituta, unos enfermeros de ambulancia, una esposa cansada de su vida y una novia abandonada por un tipo tan poco sincero con su chica como cobarde consigo mismo. En el transcurso de unas horas, el amor y su némesis cruzarán sus vidas sin detenerse en los semáforos en rojo, extendiéndose como una plaga en los sentimientos más humanos y ocultos que todos llevamos dentro.

Dice uno de los personajes de ‘Rumbos’ que él, lo que toma para ser feliz, son decisiones. Es sin duda el cine el arte de tomarlas y, cuanto más arriesgadas a la par que pegadas al talento que uno tiene, mejor para el acabado final de una película. La directora Manuela Burló Moreno demuestra saber de cine, de personas y personajes, de amor y desamor, de diálogos y silencios, de tomar decisiones a cada minuto de esta cinta amable y agria a partes iguales. Deja su metraje que se te escape una sonrisa cuando, antes de que se te borre del rostro, se entremezcla con la desesperanza propia de ese cine que se parece a la vida y te ahuyenta el corazón.

Rumbos es una película dibujada en la verdad de un guion bien escrito, que rezuma ingenio y naturalidad a borbotones y te deja sentado en la butaca con ganas de que pasen más cosas con las que, sorprendentemente, sentirte identificado, porque son las buenas historias como los boleros redondos que, cuenten lo que cuenten, siempre hablan de nosotros. Lo mejor es dejar que caiga la noche y disfrutar de la película encontrando nuestro rumbo. O perdiéndolo.

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CRÍTICA CINE -La llamada-

Hay que tener mucho valor para simplemente tener una idea original como la del origen de “La llamada”, hay que tener mucho arrojo para empezar a representarla en el hall de un teatro, delante de las escaleras por las que baja Dios cantando por Whitney Houston, hay que tener mucho morro para llegar a colarse con semejante premisa dentro de la sala del teatro Lara para quedarte en cartel de forma indefinida, pero sobre todo, hay que tener descuajaringada alguna parte del cerebro para levantarte a aplaudir con rabia al acabar la función y acercarte a los creadores de la obra, Javier Ambrossi y Javier Calvo, para asegurarles que esa historia quedaría de lujo en la gran pantalla y que tú les vas a dar la oportunidad de hacerlo, como dicen que hizo Enrique López Lavigne, el productor de la cinta.

La historia es extremadamente sencilla y, en ocasiones, incluso va en contra de cualquier convención cinematográfica. Con únicamente cuatro personajes, una temática poco común como lo es las apariciones de Dios, y unas subtramas locas como el descubrimiento de la homosexualidad de una monja y una adolescente o el consumo de drogas en un campamento religioso, la película se va armando poco a poco, con puntos de progresión que van sumando apenas un suspiro narrativo a cada escena, con unas actuaciones que te llevan dentro de la pantalla, de esas interpretaciones que te agarran por el hombro y te dicen al oído: “Vente, ven, a vivir un ratito aquí dentro con nosotras, a compartir nuestra lágrimas y nuestras carcajadas para que te vuelvas a sentir vivo”.

Personalmente, no podía interesarme menos la premisa y me asustaba el modo tan teatral de abordarla por temor a caer en el tedio. Me equivoqué, o mejor dicho, me corrigieron “Los Javis” y me soltaron a la cara a través de esta película que el buen cine no tiene que ver con el qué sino con el cómo, y me enamoraron desde la primera vez que escuché la voz rota de esas adolescentes que lo único que quieren es amar. Decía Sabina que una buena canción es una buena letra, una buena melodía, unos buenos arreglos y algo más que nadie sabe lo que es y es lo único que importa. “La llamada” tiene eso, el acierto invisible, el alma cinematográfica que es lo único que importa y que ya la ha convertido, a mi parecer, en una obra inmortal.

En 1979 Lola Flores viajó a Nueva York para desplegar su arte. Tras su primera actuación, el New York Times publicó una crítica en una frase criticando que no hacía nada especialmente bien en concreto pero que sin embargo era puro arte. Esa frase puede aplicarse a esta película tan modesta como tierna y emotiva: “No canta, no baila, no se la pierdan”.

POEMAS -Todo lo que quieras-

Se llama Benjamín,
tiene cuatro años
y ahora mismo sólo quiere jugar y ser feliz.
Y ahora, quiere una pelota.
Y ahora, quiere un columpio.
Y ahora, quiere una piruleta.
Y ahora, quiere una sudadera.
Y ahora, quiere una gorra.
Y ahora, quiere un coche.
Y ahora, quiere un Roc Noice.
Y ahora, quiere un BMW.
Y ahora, quiere cenar en Diverxo.
Y ahora, quiere los gin tonic de Bulldog.
Y ahora, quiere un abrigo Giorgio Armani.
Y ahora, quiere una ecuatoriana que cuide de su chaval.
Y ahora, quiere un balneario para quitarse
el estrés de esta vida de mierda
que sólo te demanda esfuerzo y esfuerzo
y no te deja un segundo para nada.
Y ahora, quiere tomar Prozac,
para volver a sentir ese ardor interior,
sacarlo incluso por fuera, el ardor,
y ponerse a prender la vida,
y quemar la pelota, el columpio,
la piruleta, el coche, la gorra, el Roc Noice,
las copas caras, al mismísimo Giorgio Armani
e incluso la cresta del dueño del Diverxo.
Prenderle a todo fuego
y encontrar entre las cenizas algo de tiempo.
Algo de tiempo
para poder jugar y ser feliz,
lo único que quiere ahora mismo.

CUENTOS -Superman-

-¿Se ha fijado en ese caballero subido al árbol?
-Inverosímil.
-¿Inverosímil por qué? Está usted hecho un mentecato.
-Y un obtuso, señora mía.
-Sí, un poco gilipollas sí es, no lo vamos a negar.
-Los dos al unísono no, seguro.
-Ay, no se invente palabras y déjeme en paz, joven. Mire, mire atentamente al hombre del árbol.

En realidad la que no me deja en paz es la señora, pero siempre tiendo a cometer los mismos pecadillos. Me paro a la que alguien me pide que me pare. Da igual el lugar donde me aborden, si me dicen que me detenga o simplemente me hace ademán, enseguida improviso una parada que de tan manida me está saliendo cada vez más natural.

La cuestión es que iba tan tranquilo caminando por la acera y esta señora de vestimenta estrafalaria y gorro calado hasta el lóbulo de la oreja me ha hecho una seña con la mano para que me acercara. Me he quedado anonadado con su gesto magnético, tanto que me he arrimado y me he parado a su vera, aunque iba por la acera de enfrente y nos separaban tres carriles; de hecho, casi me atropella un coche al ir a cruzar. El conductor me ha hecho la peineta con la mano, me ha fintado un puñetazo con la otra y me ha preguntado si era retrasado. Con gestos tan claros como estos iba a detenerme al instante por pura adicción, pero la señora me ha vuelto a preguntar justo en ese momento sobre el caballero subido al árbol y me he puesto a charla con ella.

-Si dejada en paz está señora.
-¿No cree que es sospechoso? ¿Y si es un inmigrante? ¿Llamamos a seguridad?
-Pero si estamos en la calle.
-Ah. Es que no se mueve el tío. A ver si va a querer saltar a alguna ventana cercana para hacer fechorías.

El hecho de que el sospechoso subido al árbol esté vestido como el mismísimo Superman y ande tratando de coger a un gatito recién nacido que se encuentra agazapado y tiritando en una extremo de una de las ramas del árbol no está siendo óbice para que la señora cese en su empeño. Por si acaso:

-Señora, yo juraría que es Superman. El súper héroe, no sé si sabe de qué le hablo.
-Claro que lo sé. Y usted no sé si se da cuenta de que Superman no es de aquí, así que es un inmigrante. Que lo regulen o que lo expulsen. Que lo manden a Estados Unidos, Hawai o de donde sea.
-Es de Hawai, creo.
-Me voy, que me está haciendo usted perder el tiempo, joven. Si quiere mañana quedamos aquí a la misma hora a ver si Superman ha alcanzado al gato.

-Por mí bien, faltaría más.

Según ha dado media vuelta la señora me he cruzado yo de acera, rápido y con los ojos cerrados para que nadie me hiciera más señales y no desperdiciar así la mañana. Sin embargo me ha podido la tentación y he vuelto la vista atrás. Asombroso, en cuanto hemos dejado de mirar, el Superman  ha ignorado al gatito y ha saltado por la ventana entreabierta de una chalet  aledaño para robar. En un principio he tenido la tentación  de ir hacia allá y tratar de detenerle, pero como no me había hecho ningún gesto mínimamente conciso para que me acercara a su vera, he supuesto que no querría compañía y he seguido mi camino. Mañana no sé qué carajo vamos a hacer la señora y yo a esta misma hora mirando un árbol vacío.

ESCRITORES -Scott Fitzgerald-

Me di cuenta bastante tarde de que estaba ardiendo. Mis brazos se deshacían en llamas, no recuerdo si por dejadez o accidente; sólo sé que por primera vez me quemaba por fuera y perdía una vida acostumbrada a arder por dentro. Me di cuenta entonces que la piel no es más que presente; ningún fogonazo, ninguna llamarada, ninguna tos espantosa provocada por el humo, duele más que perder un recuerdo. Y te he dicho muchas veces que no me queda ninguno. Pese a que ya no sé quién eres. O por lo menos no lo sabía hasta este preciso instante, en que me doy cuenta de tu renovada y subterránea cercanía.

Se puede decir que no descubrí el incendio por el acuse de dolor, ni por la humareda asfixiante. Lo sentí cuando dejaron de sonar esas voces, tan familiares por constantes y quisquillosas. Se callaron un instante y entonces lo supe: iba a morir. Por fin. La esquizofrenia nunca se apiada de quien muere con retraso; los incendios en Asheville siempre llegan tarde, como el alcohol al borracho. Parece que las palabras vuelven a mí. Debe ser síntoma de un último acercamiento a ti, mi amado Scott.

Pareces aquel chaval disfrazado de Gatsby con uniforme de teniente en sueño de general. Pareces él. Acaso lo sigas siendo. Tu corazón dejó de latir al tiempo que mi cabeza. Nos separaron ocho años de penitencia y un día de resaca. Ahora sé que no fue el alcohol ni las palabras las que cesaron el ritmo de tu existencia. Te habías escondido aquí para esperarme. Abrázame una última vez. Zelda ha vuelto a viajar a tu lado. Siempre dijiste que la vida es sólo un continuo proceso de deterioro. Por fin nos detendremos en tu tiempo. En el auge de una fiesta que no queríamos celebrar. Suspendidos en el paladear del gozo, en la ebriedad de la risa compartida. Todavía recuerdo la última frase de El Gran Gatsby: “Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”. Podríamos pedir que lo pusieran en nuestra lápida.

-Espero que lo hayan hecho. Querida, no estés triste. No se nos puede tener en cuenta la muerte cuando hemos tratado de vivir. 

Ya vuelvo a oír de nuevo aquella voz que me quemaba antes de arder.

BIOGRAFÍA

Beber, escribir, vivir y aparentar. A eso jugaron Zelda Sayre y Francis Scott Key Fitzgerald durante sus alocadas, excéntricas y geniales vidas. Sus muertes, por separado, fueron la conclusión lógica a su manera de vivir. Ella, quemada en un incendio producido en el psiquiátrico de Nashville en 1948; él de un ataque al corazón ocho años antes, totalmente abandonado a la bebida desde que su amada desarrollara su esquizofrenia.

La época del jazz marcó el devenir de las novelas de Fitzgerald y viceversa. “A este lado del paraíso”, “Hermosos y malditos”, “El gran Gatsby” y “Suave es la noche fueron su legado”, amén de su obra póstuma: “El último magnate”.

Gustaba de decir: “Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”, fue guionista en Hollywood en la época en la que, dicen, se bebía doscientas cervezas al día y acabó por sufrir dos infartos que le condenaron a una tumba que comparte con su amada Zelda y a la cual la sitian varios locales comerciales. Fue el genio de una generación que, según sus propias palabras tuvo “todos los dioses muertos, las guerras combatidas y la fe en el hombre destruida”.