CUENTO -Banderas-

Operación ‘Lentejas exóticas’
_6:14 horas antes de_

Yo a veces le echo curry a las lentejas porque sé que le jode todo lo interracial. Abro las ventanas de la cocina y cierro la puerta para que no entre el olor en mi casa (a mí tampoco es que me vuelvan loca esos ungüentos tan especiados) y venga de chup, chup, y venga de olores hacia afuera, que sé perfectamente que le llegan porque he estado en su casa cientos de veces y con abrir un tetrabrick de leche en mi cocina ya se siente el Colacao en la suya; las hizo así el arquitecto, fuera de donde fuera.

Los indios deberían de tener varios nombres, igual que los blancos pueden ser noruegos, franceses o manchegos. Porque si no, te confundes y te piensas que son todos iguales, que los indios de la India son los mismos que los del Amazonas o los de las flechas del oeste americano, y no tienen nada que ver. De hecho, los de las flechas no tienen ni pajolera idea de que el curry existe. Si acaso el tabasco, por su proximidad con los mexicanos, que jamás he sabido si pertenecen a los blancos o a qué demonios atenerse con ellos, y mira que por el barrio hay pocos, pese a que, de restaurantes con su comida, esté la ciudad plagada.

La paradoja del tolerante, y es lo que siempre le ha sucedido a Carmen desde hace veinte años: que tiene que tolerar a los intolerantes, porque en el momento en que no tolera a los intolerantes, se vuelve ella también intolerante. Y es que es muy fácil tolerar a los que toleran, igual que es sencillo respetar a los que respetan, conducir con conductores que saben conducir, cocinar para los que tienen hambre o arreglar el tercer mundo con el Domund. Pero no, esa va de tolerante y adalid de la libertad porque tiene la bandera, pero luego de puertas para dentro bien que critica. A Dios rogando y con el mazo dando.

La reunión de las siete treinta es fundamental o por lo menos a mí me lo parece. Hoy nos jugamos mucho como comunidad de vecinos. Porque ya quedó claro que las banderitas tanto en la cara norte como en la sur, como que no, que para eso son fachadas protegidas y, aunque a la gente no le importe, digo yo que alguien las habrá protegido y se habrán redactado unas leyes al respecto que nos estábamos saltando todos a la torera, servidora la primera, porque una es igual de sincera que de intolerante, que conste en acta. Pero es que Carmen la tiende todos los días, se la coge con papel de fumar y se aprovecha de los vacíos legales para, cada mañana, entre las diez y las once, colgar ese banderolón en el patio interior con la excusa de que lo tiende porque lo ha lavado. ¿Quién lava todos los días una bandera? Ni que fueran unos calzoncillos, ni que fuera ropa de trabajo, ni siquiera que fuera el uniforme de los niños. Es absurdo y es mentira; que podríamos todas dedicarnos a tender nuestras banderas y estar dando por culo aprovechando que, si se ensucian, pues tienen que pasar por la lavadora y tienen que acabar en el tendal; pero es que una bandera no se ensucia así como así, señora mía, a una bandera la mancilla la gente chusquera y poco elegante con los comentarios, con el miedo, con el “corre ve y dile” constante, con llevarse la razón a todas horas y con la tolerancia sólo hacia los tolerantes por bandera, nunca mejor dicho.

Porque antes no. Antes no había ellos y nosotros. Si hasta los hombres se juntaban para ver el partido. Que cada uno tendrá un equipo distinto, o no, vaya usted a saber, pero que nos llevábamos de maravilla. No sé si qué tienen los edificios nuevos ni las relaciones en sus inicios, pero hay algo en las comunidades que estrenan piso que les hace llevarse de maravilla, como si todos los días fueran el primer día, como con ilusión, como con dignidad, como con…, no sé cómo decirlo; como con tolerancia. Juntos votamos a favor de arrancar los columpios de hierro porque eran peligrosos para los niños y porque había que estar vigilando constantemente el patio exterior para que no los robaran los gitanos por la noche. Juntos logramos que se pusieran setos alrededor de la finca para darle un punto verde y acogedor a todo el recinto; logramos el portero automático en las puertas de fuera, la eliminación de zona para perros e incluso estuvimos a punto de poner una piscina, que faltaron apenas un par de portales para llevar la iniciativa adelante. Pero, poco a poco, la cosa se fue desgastando. Dicen que es el tiempo, sin más. O eso dice mi marido, que es muy simple. Yo creo que no, que hay más cosas. Tiene que ver con las envidias, porque no todos envejecemos igual físicamente ni seguimos teniendo el mismo patrimonio a los treinta y dos que a los sesenta y cuatro, porque unos nos lo hemos currado y otros no, porque unos han tenido suerte y otros no, porque alguno habrá, digo yo, habrá hecho trampas y otros ya te digo yo que no. Un poquito más de curry, que parece que está saliendo poco olor.

No me corto un pelo, porque lo que es legal es legal y lo que no, no, que eso es así, que el sol no es más fuerte porque estés en la playa, así que o te pones crema solar todos los días del año que salgas a la calle o no te la pongas nunca, mamarracha. Y como yo soy así, aprovechando que tengo las ventanas abiertas de par en par, me da por sacar mi bandera de la cómoda del salón, le pego un refriego en la ducha sólo para mojarla, que yo ya la tengo bien limpita y guardada en el cajón que le corresponde, y la tiendo yo también para que la vea todo el mundo. Son parecidas las puñeteras. Desde ahí, desde las ventanas de enfrente que deben estar a 50 o 250 metros, no sé, que yo de distancias no entiendo, el que entiende es mi marido, pero que lejos están los vecinos de enfrente, si ni siquiera son de esta comunidad; bueno, pues desde allí yo creo que es casi imposible distinguir cuál es cuál. Las banderas me refiero. Que como tienen colores parecidos y al final todas tienen rayas…, porque esto es así, menos la de Japón, que son muy raros y es muy nueva, el resto de banderas tiene rayas…, pues se pueden confundir perfectamente una con la otra. Igual que si les llegara el olor a curry hasta aquellos balcones, pues les sería imposible, por muy fino que tengan el olfato, saber quién le pone especias exóticas a las lentejas y quién no. Para ellos, todos los de este edificio somos lo mismo, simplemente balcones. Es lo que tienen las distancias, sobre todo las extremas, que puedes ser indio en dos continentes distintos y ni enterarte de que eres totalmente diferente. Ojo, que nosotras también les vemos igualitos a ellos, obvio, hay que tener en cuenta que todas las ventanas son iguales, que las luces tienen todas las mismas intensidades y que incluso las figuras humanas se ven todas como palitos con redondeles por cabeza si te pones a mirar desde donde lo estoy haciendo yo ahora mismo y con el sol cayendo.

Su bandera ya está seca. Es más amarillenta que la mía en las franjas amarillentas que ambas tienen, pero eso ya no sé si es del uso, de la calidad de los materiales, de los fabricantes que utilizan diferentes tonos de amarillo cuando en realidad el amarillo debería ser el mismo, o si es que de verdad es el mismo color el que tienen las dos banderas, aunque en proporciones diferentes lo que, como es lógico, cambiaría todo. Porque si, por poner un ejemplo, y que nadie se me ponga estupendo porque esto es un decir, si por ejemplo el amarillo fuera bondad, pues lógicamente la suya tiene más que la mía, lo cual sería positivo para ellos, pero si es algo más abstracto como la combatividad, pues ya la has liado porque quizá estés queriendo decir que ellos son más violentos porque tienen más cantidad de amarillo en su bandera. Que sí, que esto es todo un lío y que no lleva a ningún lado porque los colores no representan ninguna cualidad en concreto, sino que el todo lo representa la nada, es decir, que es el amalgama de formas y colores en su conjunto el que representa unos ideales abstractos que, a priori, unos tienen y otros no, siempre y cuando se reconozca que no se tienen, porque claro, ella dice que es muy tolerante y yo también, por lo que queda claro que no será tan tolerante cuando no lo es conmigo y no pienso entrar ahora en si yo soy tolerante con ella o no, porque son temas para hablar con tranquilidad y sin que se te peguen las lentejas.

Remuevo con brío y soltura el puchero mientras sigo echando curry al gusto. A mi gusto. Y, mientras, no paro de verla ondear. A mi bandera. Y entonces caigo. Da igual que su amarillo sea más intenso o que su bandera tenga más franjas amarillas o franjas más gordas, porque si el amarillo significa dignidad, yo tengo muchísima más que ella, ya que mi bandera es más grande. Mide más. Y ahí se acaba la discusión, como es lógico, porque si no entraríamos en problemas matemáticos de proporciones y bastante tenemos con lo que tenemos como para enzarzarse con discusiones absurdas que no llevan a ningún lado. Lo que es más grande es más grande y punto. Retiro las lentejas justo al tiempo que escucho la puerta de la calle. Es mi marido. Le saludo, le cojo la chaqueta porque aunque él sea muy apañado a mí no me cuesta nada y encima él siempre la cuelga mal, y le abro una cervecita en la cocina para que se la tome, para que descanse y para que se fije en que he seguido las argucias de Carmen y yo también la tengo ahora colgada aunque esté prohibido; porque no está colgada, ni enarbolada, ni izada. La bandera está tendida. Mi Marcos entra, se apoya en la encimera, le da un trago a su cerveza, parece que pone mala cara tras hacer un par de respiraciones profundas, se da la vuelta sin hacerle ni caso a la bandera y me dice ya de espaldas casi desde el salón: “O te arreglas con la vecina o dejas de echarle curry a las lentejas”.

David Alfaro

POEMAS -Todo lo que quieras-

Se llama Benjamín,
tiene cuatro años
y ahora mismo sólo quiere jugar y ser feliz.
Y ahora, quiere una pelota.
Y ahora, quiere un columpio.
Y ahora, quiere una piruleta.
Y ahora, quiere una sudadera.
Y ahora, quiere una gorra.
Y ahora, quiere un coche.
Y ahora, quiere un Roc Noice.
Y ahora, quiere un BMW.
Y ahora, quiere cenar en Diverxo.
Y ahora, quiere los gin tonic de Bulldog.
Y ahora, quiere un abrigo Giorgio Armani.
Y ahora, quiere una ecuatoriana que cuide de su chaval.
Y ahora, quiere un balneario para quitarse
el estrés de esta vida de mierda
que sólo te demanda esfuerzo y esfuerzo
y no te deja un segundo para nada.
Y ahora, quiere tomar Prozac,
para volver a sentir ese ardor interior,
sacarlo incluso por fuera, el ardor,
y ponerse a prender la vida,
y quemar la pelota, el columpio,
la piruleta, el coche, la gorra, el Roc Noice,
las copas caras, al mismísimo Giorgio Armani
e incluso la cresta del dueño del Diverxo.
Prenderle a todo fuego
y encontrar entre las cenizas algo de tiempo.
Algo de tiempo
para poder jugar y ser feliz,
lo único que quiere ahora mismo.

CUENTOS -El dragón de colores y el negro corazón-

-Dragọn ahụ enweghị ezé, dragọn ahụ nwere nani oche na Ohiri isi n’ime. Atụkwasị m obi obere Kemo.

(El dragón no tiene dientes, el dragón sólo tiene asientos y almohadas por dentro. Confía en mí pequeño Kemo).

Un familiar de Kemo hubo de tranquilizarle dándole su palabras de honor de que cuando llegara a Europa el dragón lo devolvería a la tierra sano y salvo. Los colores de la TAB no eran especialmente infantiles. Un verde y un rojo matados que nada le decían al pequeño Kemo en la pista de aquel aeropuerto de Lagos, más allá de ‘soy un bicho gigante que surca los cielos y nunca has visto en tu vida’. No había por qué fiarse de que, una vez engullido por aquel monstruo, volverían a dejarle salir; pero la palabra de su tío valía el oro que nunca había llegado a ver en su aldea del interior nigeriano.

Kemo subió al avión con los brazos rígidos, pegados al cuerpo, sin querer tocar nada de aquel bicho gigante que le llevaba a otro mundo, el de los blancos, aquél en el que dice, se te cumple un sueño si lo pides de corazón; el suyo era sencillo: soñaba con quedarse con su familia y no pisar jamás la tierra donde dicen que a los blancos se les cumplen los sueños. Yo esperaba a 5000 kilómetros de distancia, en España, haciendo de familia de acogida mientras el chaval era operado de una malformación en el corazón que en su tierra le costaría la vida en pocos meses; no había cirugía para rectificar la segunda mala pasada que le había jugado el destino nada más nacer. La primera había sido precisamente nacer donde su corazón no tenía cura.

Al aterrizar Kemo ya sonreía. Había sido la estrella en el interior del dragón. Las mujeres blancas le habían dado pócimas negras chispeantes que estaban dulces, hacían que se le durmiese la punta de la lengua y le quitaba las ganas de dormir. Además, enchufaron unas pantallas con imágenes en movimientos  como si las personas se hubieran metido dentro y pudieran moverse y hablar sin sentirse aplastadas por el cristal. Pura magia para un niño de 8 años que sólo había salido del mato africano para estar ingresado en un hospital destartalado de provincias.

Cuando por fin nos encontramos en la terminal, le extendí la mano y me presenté: Mi nombre es Eneko, le dije, se pronuncia parecido al tuyo: Eneko, Kemo, Eneko, Kemo. Debió parecerle muy gracioso porque no paraba de reír y por fin se acercó y me dio un abrazo, dejando mi mano y mis modales desarrollados a nivel de la educación en la baja Edad Media. Nos fuimos hacia la urbanización donde por aquel entonces residía a las afueras de Madrid. Nada más llegar, mientras atravesábamos el caminito de loseta que llevaba a la valla del chalet, saltaron los aspersores que riegan el césped haciendo que se mojaran los alrededores. Kemo se detuvo y exclamó completamente alucinado: “Lee, anya, ebe a na ọ Mmiri na-ezo si n’ala, ọ bụghị site na mbara igwe na Africa”.  Según subí a casa pude pedirle que lo escribiera en un papel y meter la frase en el traductor de Google. La emoción se me acumuló en el lagrimal al leer el resultado: “Mira, mira, aquí llueve desde el suelo, no desde el cielo como en África”.

Estaba preparando la cena aquella primera noche, un plato africano que había sacado de un blog de internet que seguramente nada tendría en común con la comida que Kemo solía comer pero que dejaba mi conciencia tranquila cuando un hormigueo empezó a molestarme desde los dedos de la mano hasta el codo derecho. Enseguida un pinchazo insoportable y la cena desparramada por los suelos. La manía de cocinar con el móvil a mano me permitió llamar al 112 antes de quedarme rígido del todo mirando hacia el techo mientras Kemo me miraba entristecido desde arriba gritando como un loco: Kemo, Eneko, Kemo, Eneko, Kemo, Eneko. No podía ni pestañear en ese momento, si no, le hubiera sonreído con ganas.

Ya en el hospital, dejaron a Kemo en la sala de espera mientras a mí me metían por los pasillos. El chaval salió corriendo tras nosotros pensando que le estábamos abandonando, imagino por los gritos que pegaba intentando cogerme la mano mientras repetía: “Dragọn ahụ enweghị ezé, dragọn ahụ nwere nani oche na Ohiri isi n’ime. Atụkwasị m obi uku Eneko”. Nunca supe lo que significaban aquellas palabras.

Por supuesto, viví para contarlo en este torpe relato. Al salir del hospital me informaron de que Kemo había sido realojado en otra familia temporalmente a la espera de su operación de corazón; nunca más volví a verle ni a saber de él. Mientras esperaba en el hospital a que Servicios Sociales se hiciera cargo de él, me pintó un dibujo que ahora me entregaba la enfermera. Estábamos él, yo y un dragón de colores sobrevolando nuestras cabezas. Debajo, en la base del folio, había escrito:

-“Jụụ, nke dị n’ala ndị ọcha jụrụ m chọrọ: M ka ya bụrụ na ị na-agwọ, obi”.

(Tranquilo, en la tierra de los blancos he pedido mi deseo: Deseo que te cures, de corazón).

CRÍTICA CINE -Rumbos-

Si buscas Rumbos en la RAE, encontrarás: “Camino o senda que alguien se propone seguir en lo que intenta”. Intente lo que intente, se sobre entiende, aunque sea algo tan difícil de encontrar por un camino, como lo es el amor. Unidos por la noche barcelonesa y un programa de radio de esos que dan cobijo, mesa y mantel, a la soledad, se entrecruzan los rumbos de un taxista, dos adolescentes, un camionero, una prostituta, unos enfermeros de ambulancia, una esposa cansada de su vida y una novia abandonada por un tipo tan poco sincero con su chica como cobarde consigo mismo. En el transcurso de unas horas, el amor y su némesis cruzarán sus vidas sin detenerse en los semáforos en rojo, extendiéndose como una plaga en los sentimientos más humanos y ocultos que todos llevamos dentro.

Dice uno de los personajes de ‘Rumbos’ que él, lo que toma para ser feliz, son decisiones. Es sin duda el cine el arte de tomarlas y, cuanto más arriesgadas a la par que pegadas al talento que uno tiene, mejor para el acabado final de una película. La directora Manuela Burló Moreno demuestra saber de cine, de personas y personajes, de amor y desamor, de diálogos y silencios, de tomar decisiones a cada minuto de esta cinta amable y agria a partes iguales. Deja su metraje que se te escape una sonrisa cuando, antes de que se te borre del rostro, se entremezcla con la desesperanza propia de ese cine que se parece a la vida y te ahuyenta el corazón.

Rumbos es una película dibujada en la verdad de un guion bien escrito, que rezuma ingenio y naturalidad a borbotones y te deja sentado en la butaca con ganas de que pasen más cosas con las que, sorprendentemente, sentirte identificado, porque son las buenas historias como los boleros redondos que, cuenten lo que cuenten, siempre hablan de nosotros. Lo mejor es dejar que caiga la noche y disfrutar de la película encontrando nuestro rumbo. O perdiéndolo.

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CRÍTICA CINE -La llamada-

Hay que tener mucho valor para simplemente tener una idea original como la del origen de “La llamada”, hay que tener mucho arrojo para empezar a representarla en el hall de un teatro, delante de las escaleras por las que baja Dios cantando por Whitney Houston, hay que tener mucho morro para llegar a colarse con semejante premisa dentro de la sala del teatro Lara para quedarte en cartel de forma indefinida, pero sobre todo, hay que tener descuajaringada alguna parte del cerebro para levantarte a aplaudir con rabia al acabar la función y acercarte a los creadores de la obra, Javier Ambrossi y Javier Calvo, para asegurarles que esa historia quedaría de lujo en la gran pantalla y que tú les vas a dar la oportunidad de hacerlo, como dicen que hizo Enrique López Lavigne, el productor de la cinta.

La historia es extremadamente sencilla y, en ocasiones, incluso va en contra de cualquier convención cinematográfica. Con únicamente cuatro personajes, una temática poco común como lo es las apariciones de Dios, y unas subtramas locas como el descubrimiento de la homosexualidad de una monja y una adolescente o el consumo de drogas en un campamento religioso, la película se va armando poco a poco, con puntos de progresión que van sumando apenas un suspiro narrativo a cada escena, con unas actuaciones que te llevan dentro de la pantalla, de esas interpretaciones que te agarran por el hombro y te dicen al oído: “Vente, ven, a vivir un ratito aquí dentro con nosotras, a compartir nuestra lágrimas y nuestras carcajadas para que te vuelvas a sentir vivo”.

Personalmente, no podía interesarme menos la premisa y me asustaba el modo tan teatral de abordarla por temor a caer en el tedio. Me equivoqué, o mejor dicho, me corrigieron “Los Javis” y me soltaron a la cara a través de esta película que el buen cine no tiene que ver con el qué sino con el cómo, y me enamoraron desde la primera vez que escuché la voz rota de esas adolescentes que lo único que quieren es amar. Decía Sabina que una buena canción es una buena letra, una buena melodía, unos buenos arreglos y algo más que nadie sabe lo que es y es lo único que importa. “La llamada” tiene eso, el acierto invisible, el alma cinematográfica que es lo único que importa y que ya la ha convertido, a mi parecer, en una obra inmortal.

En 1979 Lola Flores viajó a Nueva York para desplegar su arte. Tras su primera actuación, el New York Times publicó una crítica en una frase criticando que no hacía nada especialmente bien en concreto pero que sin embargo era puro arte. Esa frase puede aplicarse a esta película tan modesta como tierna y emotiva: “No canta, no baila, no se la pierdan”.