POEMA -El desayuno-

Por Luis Alberto de Cuenca

Me gustas cuando dices tonterías,
cuando metes la pata, cuando mientes,
cuando te vas de compras con tu madre
y llego tarde al cine por tu culpa.
Me gustas más cuando es mi cumpleaños
y me cubres de besos y de tartas,
o cuando eres feliz y se te nota,
o cuando eres genial con una frase
que lo resume todo, o cuando ríes
(tu risa es una ducha en el infierno),
o cuando me perdonas un olvido.
Pero aún me gustas más, tanto que casi
no puedo resistir lo que me gustas,
cuando, llena de vida, te despiertas
y lo primero que haces es decirme:
«Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno».

POEMAS -Desnudo-

Siempre te pilla la vida
a medio vestir
sonrojado
el culo al aire
sin saber qué hiciste mal
por qué se ríen de ti,
mientras señalas a la gente
que pasea tan tranquila
desnuda por la calle.

POEMAS -La bañera-

Si lo jodido
es 
el cepillo de dientes
que has dejado aquí,

la brocha desgastada,
la espuma con el bote a la mitad,
lo limpio que se ve ahora el lavabo.
Lo jodido es el hueco que deja la bañera
y me reta con esa mirada tan tuya:
‘No hay valor a llenar con tu desnudo
este hueco que ya nunca
va a rebosar él con sus defectos’. 

CUENTOS -El peseto de la muerte-

Los taxistas que hacen el turno de noche son mucho más peligrosos. No es porque salga en las películas; ni siquiera está en su naturaleza. Simplemente, tienen más oportunidades de hacer el mal, de ser un cabrón despiadado que puede hacer con otra persona igual a él lo que le venga en gana. Asustar, presionar, babosear… Incluso violar, matar, desmembrar si se lo propone. Están a su disposición. Y este tipo.., bueno, este tipo sabía de sobra que tenía ese poder en su mano.

La verdadera cruz de una fea es que ni siquiera la eligen para matarla en una historia de terror. Es decir, imagínese usted que la que entra al taxi es un adefesio de mujer, cuya cara se ve todavía más deforme por el efecto que hace la mampara antirrobo a la vista del propio taxista. Como que no se lo plantea. La lleva a Entrevías, le cobra la carrera y si te he visto no me acuerdo porque no me quiero acordar. Sin embargo, si entra una bella dama, una tía buena con todas las letras, así bien grande en mayúsculas: TÍA BUENA que entra en el taxi, sonríe, se acomoda las tetas que acaban de entrar botando al retortero en la parte de atrás del vehículo y te dice hacia dónde va. Mis cojones vas a ir a Vicálvaro, irás donde yo te lleve buena moza, piensa el reptil humano transformado en animal nocturno al volante de un taxi. No sé si me está siguiendo hasta aquí. No, no, no me diga nada que jode la magia, sigo y luego me cuenta.

El caso es que el tipo, el peseto. Ah, eso, se me olvidaba. La novela se llamaría “El peseto asesino”, que es como coloquialmente se le dice a los taxistas en Madrid, donde transcurriría la acción. Pues eso, el peseto empieza a descubrir que tiene un ansia de matar que no puede con ella al ver a la zagala en la parte de atrás del taxi. Se va cargando, echando miradas por el retrovisor, haciéndole comentarios, sintiendo cómo la muchacha juguetea llena de vida con un mechón de pelo mientras contesta a algún mensaje por el móvil. Ni siquiera es algo sucio, en plan sexual; para nada. Él lo que quiere es estrangularla. Como cuando te dejan un cachorrito de perro entre los brazos y te da tanta ternura y desprotección que te entran ganas de apretujarlo, solo que él llegando hasta el final y partiéndole el cuello, claro. No las va a apretar a las jamelgas en plan abrazo del oso para luego soltarlas y que se vayan corriendo, obviamente.

Bueno, pues el tipo ya por fin da un frenazo, se gira y mirándola fijamente a los ojos le dice que va a quebrarle el cuello como si fuera un conejo deslumbrado por las luces de un coche por el que es atropellado al instante. No se lo piensa dos veces y se lanza a su garganta directo, con todas las fuerzas que puede coger al revolverse en el asiento. La hostia que se pega contra la mampara es fabulosa, se puede usted imaginar. El tipo la instaló hace semanas para que no le robaran pero se da la paradoja de que ahora es a él a quien le frena. La golpea, la golpea varias veces con todas sus fuerzas, pero la mampara no cede de ninguna forma. Intenta entonces derribarla con la cabeza, a lo bestia, no piensa detenerse hasta llegar a su víctima. De los golpes se le abre una brecha y ya ni ve a la joven; los borbotones de sangre le impiden enfocar cualquier imagen nítida. Además, la chica hace rato que ante el comportamiento psicópata del peseto asesino simplemente ha abierto la puerta y se ha marchado. El tipo está tan obsesionado en llegar al asiento de atrás a través de la mampara que no ha caído en la cuenta de que podía haber salido y entrado y llevaría quince minutos más que muerta la muchacha.

El final lo he dejado abierto, por si quieren llevar al cine la historia, que puedan hacer segunda y tercera parte, porque otra cosa no pero taxis en Madrid hay para dar y repartir. En fin, ¿cómo lo ve? ¿Se encuentra usted bien? Tiene la cara desencajada. Bueno, antes de que me dé su opinión quería agradecerle que me haya atendido. Han sido cientos de cartas las que le he enviado y miles de llamadas las que le he hecho a su secretaria para poder concertar una cita con usted, con Antón Peanas, el editor literario más importante de este país. Vale que he entrado a palazos en el edificio, he atrancado la puerta y como no le guste le voy a reventar el hocico y le voy a enterrar en el olivo ese que tienen a la entrada en una maceta gigante. Pero eso no es lo importante ahora mismo y ambos lo sabemos. Lo importante es el detalle que ha tenido de recibirme y, sobre todo, que me diga si le gusta o no le gusta o qué le parece mi novela.

¿No habrá llamado a seguridad? Siempre con la misma cantinela. ¿Cómo cojones me hace esto? Si yo no he amenazado a casi nadie de su familia, por el amor de Dios, sea usted coherente. Venga, ábrase a mí, no sea timorato, que la puerta va a terminar cediendo y nos van a joder la reunión los seguratas. ¿Tiene o no tiene posibilidades la historia? Tiene una enjundia que te cagas, no me diga a mí usted que no. Antón, ¿puedo llamarle Antón, verdad, no le importa que le tutee? Antón, usted sabe reconocer una buena historia cuando la tiene delante de usted.

La oreja casi se me desprende del golpazo que me ha pegado el de seguridad contra la mesa. Entre tres me han esposado con bridas de plástico y me han puesto las costillas tibias a patadas. El cabrón del señor Peanas se ha arrancado con los típicos insultos baratos y las palabras malsonantes; pero no contra mí, sino contra los guardias de seguridad que bastante tenían los pobres con esquivar mis coces y rellenarme la barriga de golpes. Imbéciles, mentecatos, inútiles, no valéis para nada. Esta pobre gente cobra 1050 euros al mes y están expuestos a que cualquier autor iracundo les clave las uñas en los ojos o cosas peores y el cabronazo éste que se lucra de nuestro talento, el de los autores, no para de decirles que les va a despedir. Ahí sí que tienes una buena historia, en un tipo de seguridad al que su jefe veja a todas horas y empieza a matar a toda la plantilla de la empresa para que su jefe se quede sin trabajadores y se arruine. Y esa historia sí que es cien por cien adaptable al cine, en plan La jungla de cristal pero con el malo dentro desde el principio. Voy a ver si la escribo y, esta vez sí, consigo que alguien la lea, no como me pasa siempre con esta mierda de relatos cortos que me da por escribir antes de que me entre el miedo de intentar visitar a algún editor famoso rodeado de seguratas incompetentes.

 

POEMAS -Si te molesta este poema pregúntate por qué-

                                                                    Por Marwan

A veces
hablando con algún amigo
que lleva siglos en pareja
le pregunto cómo va con ella,
si aún disfrutan
y siempre responde lo mismo.
Todos aquellos que conozco
y llevan años junto a alguien
responden lo mismo:
ya sabes cómo son estas cosas.

Y lo cierto es que no lo sé.
O tal vez sí me haga una idea
pero no quiero imaginarme a lo que se refieren
porque intuyo en sus palabras las renuncias
y todo aquello que perdieron
—brillo, libertad, sueños y luz—
a cambio de una vida que no creo que llegaran a elegir,
de un día a día gris y sin sueños a la vista.

Conozco pocas parejas que lleven media vida juntos
y hayan batido con el paso de los años
lo que eran en su inicio.
Me pregunto si a nosotros
nos sucederá lo mismo,
si al encontrarnos a un viejo amigo,
buscaremos el regate
y le pondremos exactamente
las mismas excusas.

CUENTOS -Enmarcados-

Al abrir la caja me quedé muda. Enseguida me  brotaron lágrimas de los ojos y mi labio inferior no paraba de temblar como un muelle desbocado. Cuando una es tan anciana no suele emocionarse así de golpe, si no es por una pérdida repentina; porque está curtida, porque tiene la piel por dentro hecha de cuero y de disgustos y porque está desaconsejado por nueve de cada diez cardiólogos. Pero aquel instante me devoró por dentro. Martín enseguida se agarró a mi manga y tiró con fuerza.

-Abuela, ¿qué te pasa, abuela? ¿Qué te pasa?
-Nada mi niño, no te preocupes. La abuela está muy, muy contenta y por eso llora.

Aunque no me creyó de primeras, enseguida vio que una sonrisa plácida y melancólica cruzaba mi barbilla y notó cómo me relajaba y me dejaba caer en el butacón ajado para contemplar con tranquilidad el tesoro que acababa de encontrar. Saqué la primera foto enmarcada y mi nieto no supo interpretar qué era aquel objeto tan marciano. Después de preguntármelo siete  veces seguidas le expliqué tranquilamente que esas cartulinas con figuras dibujadas era la forma que teníamos antes de guardar nuestros recuerdos. La apertura de su boca denotaba la sorpresa y la ilusión que aquel disparatado invento le había causado.

-¿Y qué recuerdo es ese, abuela?
-Es de cuando tenía 16 años. Estoy en un campamento. Aquel de la fila de abajo es tu abuelo. Fue allí donde nos conocimos.

Martín acariciaba una y otra vez el cristal del marco como si pudiera rozar el momento, como si fuera un ciego que toqueteando las cosas puede vivirlas como nadie consigue hacerlo. Enseguida saqué un segundo portarretratos, esta vez con un beso en la mejilla mientras yo sonreía a cámara pizpireta dejándome hacer. Le expliqué a Martín que ese día fue la primera vez que nos besamos el abuelo y yo. Me confesó el chiquillo que él ya no se acordaba del abuelo. “Para eso estaban estas cosas. Ahora ya nunca te olvidarás de él”, le confirmé.

Extendí por el suelo todos los cuadros que tenía en la caja de aquel desván que ahora abandonábamos para siempre. Miguel Ángel y yo quisimos tener la vida a golpe de vistazo en las paredes de nuestra casa, por ese nos fotografiamos solos los dos en cada momento importante para nosotros. Los viajes fuera de España, las vacaciones en la playa, nuestra boda, el día que empezamos a vivir en nuestro primer piso, el bautizo de nuestros hijos… No se trataba de presumir de vida feliz, simplemente consistía en vernos crecer juntos, uno al lado del otro, muy juntitos para no ser pillados por los marcos.

Aparecía con canas y algunas arrugas en la última foto que saqué del fondo de la caja. Sonreíamos a cámara con una vela con un cinco cada uno mientras hacíamos que soplábamos la llama. Era mi cumpleaños. No había más. Hasta ahí había llegado nuestro recorrido pictórico de recuerdos.

-¿Y qué pasó abuela, por qué no hay más cuadros para ver recuerdos, qué paso abuela, qué pasó?

-Nada, mi niño, no pasó nada. Simplemente que en aquel cumpleaños, tu abuelo me regaló un nuevo teléfono móvil.

 

POEMAS -Madrugada de radio

                                                             Por Pedro Andreu
Foto de Fernand Fonssagrives

¿Te has parado a pensar lo que sucederá?
Buscarás respuestas a la vida en el techo,
apilarás botellas de ginebra debajo de la cama,
fumarás tres paquetes en un día,
cubrirás de colillas todos tus ceniceros.
Llenarás de palabras adustas los cuadernos
que luego leerás como si repartieras hostias
en la radio, entre un tema de Dylan
y otro de Pink Floyd.
Te dejarás hacer por la resaca, abrazarás
el cuero despacioso del tedio, la soledad
de ojeras malvas que refleje tu espejo.
Y cuando al fin creas que tienes las respuestas,
la jodida existencia cambiará de preguntas.
Y te irás a otro piso, y dejarás la radio,
y no saldrás de noche ya nunca a la ventana
a fumarte el penúltimo con la esperanza ciega
de encontrártela abajo.