POEMAS -Madrugada de radio

                                                             Por Pedro Andreu
Foto de Fernand Fonssagrives

¿Te has parado a pensar lo que sucederá?
Buscarás respuestas a la vida en el techo,
apilarás botellas de ginebra debajo de la cama,
fumarás tres paquetes en un día,
cubrirás de colillas todos tus ceniceros.
Llenarás de palabras adustas los cuadernos
que luego leerás como si repartieras hostias
en la radio, entre un tema de Dylan
y otro de Pink Floyd.
Te dejarás hacer por la resaca, abrazarás
el cuero despacioso del tedio, la soledad
de ojeras malvas que refleje tu espejo.
Y cuando al fin creas que tienes las respuestas,
la jodida existencia cambiará de preguntas.
Y te irás a otro piso, y dejarás la radio,
y no saldrás de noche ya nunca a la ventana
a fumarte el penúltimo con la esperanza ciega
de encontrártela abajo.

                       

POEMAS -Como si de un coche se tratara-

¿Pero qué dices muchacho?
Qué sabrás tú de revoluciones, del campo,
de Asturias y de echar de menos las bombas que caían
al atardecer por la Gran Vía de Madrid;
tan crueles como justamente repartidas.
¿Que no tienes ganas de qué?
Las ganas no se tienen, se las inventa uno.
No creo que venga eso que dices escrito en los libros,
y si viene, si viene deberíamos quemarlos.
¿Que no ha habido grandes filósofos en este país?
Pregúntale al abuelo del padre de tu madre, a ver si no
pensaba ese hombre. Y si no pensaba,
si no pensaba lo hubiesen quemado mucho antes.
¿Pero cómo que qué digo, muchacho?
Yo sí que echo de menos levantarme a las 12,
una bici con marchas como si de un coche se tratara,
un coche al hacer la comunión, como si de una bici se tratara,
un abrazo, un plazo fijo, un negocio familiar.
Echo de menos aburrirme y no llevar razón,
haber querido más a tu madre,
dejarme llevar por el alcohol, en lugar de llevarle
yo siempre a él de vuelta a casa.
Echo de menos la vida, la libertad de hacer lo que quiera,
la libertad de poder pegarte ahora mismo dos hostias por insolente,
por mucho que tenga que coincidir contigo en que ambos
echamos de menos aquello que nunca pudimos tener.

POEMAS -El jugador-

Por Carlos Marzal

Habitaba un infierno íntimo y clausurado,
sin por ello dar muestras de enojo o contrición.
En el club le envidiaban el temple de sus nervios
y el supuesto calor de una hermosa muchacha
cariñosa en exceso para ser su sobrina.
Nunca le vi aplaudir carambolas ajenas
ni prestar atención al halago del público.
No se le conocía un oficio habitual,
y a veces lo supuse viviendo en los billares,
como una pieza más imprescindible al juego.
Le oí decir hastiado un día a la muchacha:
Sufría en ocasiones, cuando el juego importaba.
Ahora no importa el juego. Tampoco el sufrimiento.
Pero siento nostalgia de mi antigua desdicha.

Al verlo recortado contra la oscuridad,
en mangas de camisa, sosteniendo su taco,
lo creí en ocasiones cifra de cualquier vida.
Hoy rechazo, por falsa, la clara asociación:
no siempre la existencia es noble como el juego,
y hay siempre jugadores más nobles que la vida.

De “El último de la fiesta”

 

 

POEMAS -Lo que importa-

No importa
si no saludas en la escalera
siempre que al salir por el portal
vuelvas la cara
y se te escape una sonrisa.

No importa
si se van tus ojos
a otros ojos más atentos
que los míos,
ciegos de tanto esquivarte.

No importa
si pasa el tiempo
sin querer pasar
en nosotros
nada que no sea pasado.

No importa
si amanece y sigue la tele puesta
con anuncios de tormenta
de verano que te obligan
a esconder el biquini de camuflaje.

No importa
si me ignoras en las redes
mientras yo caiga en las tuyas
y suplique un feliz año que termina
cada vez que oigo jolgorio en tu puerta.

No importa
siquiera
que nada te importe
mucho menos el destino
que aseguras
nunca va a volver a cruzarnos;
no de aquella manera.

No importa nada,
qué me iba a mí a importar,
mientras empujes la puerta
y acudas puntual
cada noche
al encuentro
de mi boca
y tus instintos más primarios,
esos que es lo único
que a nosotros
realmente
nos importa.

#UnaMadreEs un tupperware.

Juan Vicente, ve poniendo unos cuantos famosetes en un vídeo chungo. Que hablen a cámara, claro, que acongojen a la gente y se sientan interpelados por la alta cultura. Y quítale el color, no se te olvide. Necesitamos que lloren, coño Juan Vicente que pareces tonto, y con color nadie llora desde ‘Sonrisas y lágrimas’. Música: Lacrimógena, si nos cobran mucho por la de ‘La lista de Schindler’, mete una de piano de biblioteca de sonidos y arreando. Eso es, desvirtúa la realidad todo lo que puedas. De las 15 acepciones, 5 frases compuestas entre las que incluye “madre de familia”, que es la especificación que ellos andan buscando y otras 23 expresiones más que encuentras buscando “madre” en la RAE, di sólo una y así logramos que parezca que son unos cabrones sin alma contra los que hay que luchar a golpe de gastar unos centimillos más en la marca Puleva. Claro, claro, también mete hombres, que haya paridad de esa, aunque la palabra padre tenga el mismo significado pero en masculino, que los hombres de este país todavía no eligen la marca de la leche, tú hazme caso a mí. ¿Lo tienes? Venga, dale al botón imprimir y ponlo en el internet ése. La de campañas que habré hecho con público obtusos y tres becarios como tú, si es que se me ponen los pelos como escarpias. Ah, y ni se te ocurra empezar con los chistecitos de #UnaMadreEs un tupperware porque me jodes la campaña por la red.

https://www.youtube.com/watch?v=jD7Rxi1KSmg

CUENTOS -Los viejos tiempos-

Tengo quince años y desde hace más de seis meses estoy cambiando mis hábitos. Lo primero que dejé a un lado fue la videoconsola y el móvil. Empecé por no usarlos. Cada vez que algún amigo me llamaba dejaba que el teléfono sonara durante rato, hasta que se cansara el emisor. Enseguida silenciaba la llamada pero en ningún caso la cortaba; simplemente me quedaba mirando la pantalla, esa luz que parpadea como queriendo insuflar deseo en ti para que cojas la llamada, para que no la dejes morir. Pero yo la dejaba morir siempre. Era su destino. Con la consola me ha pasado un poco lo mismo. El primer paso fue jugar sin encenderla. Miraba a la televisión apagada y cogía un mando de la consola. Movía los dedos con rapidez, balanceando los brazos a un lado y al otro, generando un movimiento que en ningún caso se veía reflejado en la tele.

Al poco tiempo me he dado cuenta de la imbecilidad que supone este tipo de extravagancias y he tirado a la basura móvil y consola. El siguiente paso que di fue el de anular mi matrícula del instituto. De hecho no he llegado a tanto, pero sí que he dejado de ir radicalmente, que para el caso tiene el mismo efecto. El fútbol fue el siguiente paso. Eliminado. Ni lo juego, ni lo veo, ni lo leo. Sencillamente ha desaparecido de mi vida. Así que ahora, sin amigos, móvil, consola, fútbol ni ocupación, sólo hay una cosa que me sobra, eso que todo el mundo codicia y que sólo te llega ya en la vejez: tiempo. Me sobra tiempo a raudales. Y como son los viejos los que mejor saben cómo comportarse cuando te sobra el tiempo, me he decidido a estudiarlos seriamente y a imitar cualquier tipo de comportamiento que me evada de este sempiterno hastío crepuscular, que dice mi madre.

Me levanto a las siete de la mañana, desayuno un vaso de leche desnatada, me abrigo con bufanda y chaquetón y salgo a visitar obras del barrio. Como todavía estamos en crisis, cada vez tenemos menos construcciones que comentar y en las que juntarnos a captar los primeros rayitos solares mañaneros. Hay demasiada gente por obra ahora mismo, pero la concurrencia nunca es un problema para disfrutar de la soledad cuando a uno le sobra el tiempo.

Lo siguiente que hago es jugar al mus. No tengo ni idea de cómo se juega, claro está, por lo que me cuesta conseguir compañero cada tarde en el centro de mayores. Sin embargo, hay que tener en cuenta una cosa: los ancianos son la gente más abierta con los de su misma especie que puedas encontrar. Ellos saben que en cualquier momento pueden sobrevenirles una demencia, un parkinson, o cualquier enfermedad que les postre a una inferioridad a la que no terminan de acostumbrarse aunque cada día puedan notar cómo se incrementa con el paso mismo de las horas. Este sentimiento les lleva a aceptar a cualquiera, desde Don Esteban, que está con la cabeza en Júpiter y suele jugar al mus con las cartas dadas la vuelta enseñando la jugada al resto de la mesa, hasta don Hilario, quien siempre canta pares lleve lo que lleve porque enviudó y la senilidad le lleva a relacionar cualquier situación de la vida con cuando en la suya eran dos, pasando por mí, que sólo repito lo que hace todo el mundo para sentirme integrado, aunque eso me haga tan previsible que es imposible ganar una partida.

Por último, me he aficionado a la petanca. Es totalmente absurdo que un juego de precisión sólo se practique cuando uno está físicamente arrastrado. Por eso les gano constantemente. Mido la fuerza, aguanto el pulso y manejo la dirección de mi brazo de forma muy superior a cualquier persona de más de setenta años. Es lógico.

Lo mejor de todo es que casi ni nos hablamos. Es como si ya hubiéramos dicho suficientes cosas. <<Envido, paso, dale tú, anda que no, claro que sí, tú dirás, a más ver>>. Sencillez en el uso de la palabra. Cercanía del que sabe que se acaba el viaje y pasa la mano por el reposacabezas del copiloto como buscando una aprobación de que van a terminar algo que empezaron hace unas horas y unos kilómetros. A esta gente les sobran kilómetros y les faltan horas. O no; quizá también les sobre las horas.

Y ahora alguien se estará preguntando el porqué. Y no me refiero a ninguna pregunta metafísica sobre la vida y la muerte cuando se acaba lo que vinimos a hacer, sino a por qué hago yo estas cosas teniendo 15 años, cuando debería estar en el instituto, llamando por el móvil, jugando al fútbol y dándole a la Playstation. La respuesta es muy sencilla: Para que cuando llegue a viejo, no tener que hacer las cosas que hacen los ancianos porque sí; yo quiero hacerlas para recordar que en los viejos tiempos hubo un día en que también fui joven.

CRÍTICA CINE -Chop Shop-

Decía un amigo mío -el cual estará leyendo estas líneas ahora mismo- que no se creía las películas de Fernando León de Aranoa porque sus personajes marginales tenían la frase ingeniosa, inteligente y chispeante por castigo. Parecían gentes leídas, dadas al cinismo y el sarcasmo fino, personajes muy escritos, demasiado bien escritos para cobrar vida en el fango de dichos ambientes marginales. ‘Chop Shop’ está en las antípodas de tal paradoja que comentaba aquel amigo. Esta película es todo verdad, realidad áspera, sin artificios, sin frases, con mucha marginación. Se puede atisbar en su escaso metraje vida estancada en personajes condenados que recuerda a “La pesadilla de Darwin”, palabras mayores. Si David Simon centrara su rádar en el mundo hispano haría Chop Shop, la cual te crees como te crees The Wire, como te crees The Corner, con esta sensación cuando termina de: esto tiene que ser así; aunque haya fundido a negro, estas vidas van a seguir sin mí. Eso sí, cuando hablo de mundo hispano no me refiero a la pobreza que puedas imaginar en ciertos países sudamericanos porque el film de Ramin Bahrani se centra en Queens y no expone el cliché de hispano obsesionado con el culto al cuerpo y cercano al mundo de la cocaína que pasea palmito y peligro por Miami. Estos son hispanos que saben salir ‘palante’ que se dice en mi barrio, con esfuerzo, siendo agrios y duros, como el microcosmos en el que les ha tocado vivir, el mismo que ellos han creado, que detestan y que disfrutan. El protagonista, de 12 años, nunca estuvo nominado a un Oscar, razón de más para huir de las películas a las que año tras año le caen nominaciones por el artículo treinta y tres. Merece la pena ver la película ahora que hay tanto debate con los niños españoles, los deberes, los jóvenes ninis y demás zarandajas que, puestas en contraposición con este personaje, se le quitan a uno las ganas siquiera de seguir gastando palabras para comentarlo. Habrá que ver si, cuando sigan las vidas de estos personajes marginados del Nueva York actual, se enteran realmente que les gobierna Donald Trump. Es lo ‘bueno’ de tener vidas que difícilmente pueden ir a peor.