POEMAS -Casada-

De Luis Alberto de Cuenca

En el hombro la herida me latía
como un segundo corazón. Si a ella
le dolía también, no me lo dijo.
La puerta se cerró. Por un momento
nos abrazamos, y eso era la vida.
Pero volvió el dolor, volvió la niebla
sobre mis ojos y frente a mis labios.
Y volverían dudas y reproches,
y la herida del hombro, y su marido.

POEMAS -El origen del Darwinismo-

Observa bien
la naturaleza.

La panadera
me ha dado mal
el cambio.
Me lo quedo.

Pido más mostaza
para guardar sobres
en casa.
Por si acaso.

Levanto la fruta
al pesarla.
A mí sí me importan
7 céntimos,
Mercadona ni se entera.

Si
observas
bien
la naturaleza
es fácil deducirlo:
El mono proviene del concejal.

POEMAS -En fuera de juego-

Me doy cuenta mientras lees
en tu escritorio y yo veo
un partido del Madrid:
Jamás volveré a sentir
por ti una explosión repentina
de júbilo, alegría y euforia irracional
como la que acabo de vivir
con el gol de Sergio Ramos.
Eso no quita que a ti siempre
te dé el trozo más grande de la pizza,
cosa que jamás haría con ninguno
de estos hijos de puta sin sentimientos.
Por eso estoy tan enamorado de ti.
Por eso, y porque me sigo sintiendo
especial en tus momentos especiales,
pensando que, gracias a dios,
a ti no te gusta el fútbol.
A saber, sin embargo, qué te deparará
ese maldito libro de portada ambigua
con el que no has parado de sonreír
en toda la tarde y que tanto me molesta
ahora que el árbitro ha pitado el final del partido.

CUENTOS -La magia-

Yo soy él. Yo soy él. No paro de repetirlo por dentro de mí aunque no termine de creerlo. Le veo en la pantalla desenvolverse con soltura, desprender un gracejo que a mí me falta a todas luces, dar ese golpe seco con el codo para acercar el talle de la protagonista hasta él e hincarle la boca entre los labios, como si no hubiera una siguiente escena. Y entonces pienso: Es clavado a mí. No tiene mis ropas, ni siquiera llevo sombrero ni creo que jamás lo lleve, pero tiene cada facción calcada a la mía, cada rasgo físico idéntico a los que tengo yo. Por lo tanto, yo soy él. Sin embargo, en la oscuridad de la sala, nadie puede saberlo. Ni siquiera ella. Aunque debería.

Tengo la mano muy cerca de la suya. Siempre lo hago. Por si en algún movimiento reflejo roza la mía y así se rompe el tabú de tocarse. En cuanto derribas esa barrera en una mujer, es todo más sencillo. Lo explicaban en un libro de programación neurolingüística. En realidad el libro es de aprender a ligar para gente que nos cuesta y sin embargo lo llaman programación neurolingüística. Ha sonreído a la entrada, se ha empeñado en no elegir la película, nos conocemos desde hace tiempo pero nunca habíamos estado solos, siempre andamos acompañados de amigos, -esa cárcel tan cansina y tan española que significa el grupo-, se ha sentado, ha puesto la mano rígida al lado de la mía, dejando un espacio tan nimio que sería más lógico que se juntasen antes que lograr mantenerlas separadas por tan insignificante y estúpida distancia. Ha clavado su mirada en la pantalla y aún así no me distingue. Si tuviera tantas ganas de coger mi mano como yo de prender la suya, ya estaríamos de vuelta a casa, lanzando la magia del cine a través de haces de luz mucho más caseros.

Me acabo de dar cuenta. Claro que me ha reconocido. Si el personaje es exactamente igual que yo ha tenido que hacerlo por fuerza. Está esperando que un gesto mío rompa su rigidez y desboque la magia que necesitamos fluctúe por entre nuestros cuerpos. Ahora que me fijo, es ella quien acaba de abofetearme en la pantalla. Ella es ella. Yo la cojo con fuerza de ambos antebrazos, parece que voy a hacerla daño pero sólo lo parece, toda la sala sabe que la amo y que simplemente pretendo domarla, amoldarla a mis deseos y hacerla entender que los suyos son idénticos a los míos, aunque me haya golpeado. Vuelvo a besarla, la beso y la amo y ella entra en la pasión y la aumenta y la contagia y ahora siento como nunca había sentido antes que ella necesita que yo sea quien ella quiere que sea y que la coja la mano y que brote la magia como merecemos que brote, a raudales, a borbotones, que nos inunde de pasión y no podamos detenernos. Y no nos detendremos. Alzo la mano y, como en una especie de saltito, la pongo sobre la suya antes de que acabe la escena y vuelvan a conducir hacia casa o a llevarse mal los protagonistas. He aprovechado justo el momento en que ella se mordía el labio para hacerlo y, según ha sentido el contacto, ha aflojado los dientes para soltarlo, dejando su boca entreabierta. Ahora, suavemente hace reptar a su mano bajo la mía para liberarla. Justo antes de terminar el movimiento, todavía con algo de contacto entre nosotros, me ha mirado fijamente a los ojos entre la oscuridad y me ha dicho: “Ahora no; ahora, por favor, no rompas la magia”.

CUENTOS -Tarde-

En estos sitios típicos donde no se puede correr ni hacer ruido es una putada llegar tarde. Y yo llego tarde. Un día voy a llegar tarde a mi propio entierro. Parece que estoy oyendo a mi madre cómo me lo dice. ¿Cómo cojones llega tarde uno a un funeral? ¿Importa?

-Disculpe, preguntaba por Emilio Vázquez. Es por el funeral.

-¿Era usted familiar?

-Claro. Creo que sí.

-Aha.

-Oiga, pero deje de jugar a los naipes.

-Joven, no se apure ni se sienta culpable. Su familiar ya está descansando. No somos nadie. Descanse en paz. ¿Alguna cosita más?

-¿Dónde vamos?

-¿Al morir?

-Al funeral.

-Sala tres. Es muy amplia, le va a ser muy agradable.

Según me acerco a la sala veo cómo se cumple a rajatabla la norma exponencial de demostración de amor por cercanía al sufrimiento. La gente se acerca más y más a ataúd y familiares directos para demostrar lo mucho que les afecta. Y este olor. Este olor es inconfundible.

-Hola mamá.

-Llegas tarde. Un día vas a llegar tarde a tu propio entierro.

-Qué bonitas las flores que le han puesto. Aunque hubieran estado mejor flores de verdad.

-Haberte muerto tú.
Giro sobre mi eje y salgo en busca de aire limpio donde poder contaminar mis pulmones con un buen cigarrito.

-Disculpa, ¿tienes fuego?

-No. Pero abrázame muchacho que llevamos toda la vida sin vernos.

-Pero si no te conozco.

-Pues por eso.

-Anda, veo que ya os habéis presentado.

No sabía que Beatriz estaba aquí. El barbudo canoso de los huevos me ha abrazado y ni me conoce. No sé qué tipo de enfermo mental puede presentarse delante de ti y sobarte sin ningún motivo.

-Es Blas, mi novio.

-Ah, encantado. Voy para dentro, que mi madre estará sola.

-¿No quieres un cigarrito?

-Qué va Bea, gracias. Estoy dejando de fumar.

-Me alegro. Y de verte también.

-Y yo. Luego nos vemos.

Me acerco a mi madre que, aunque esté mal que yo lo diga, estoy seguro de que no sufre con estas cosas. Al contrario, las disfruta.

-Comparte el dolor hijo mío. No seas egoísta; que siempre has sido un egoísta. Sólo piensas en ti mismo. ¿Ves? Yo lo comparto contigo.

-Tú me insultas, mamá.

-Claro, es mi forma de compartir el dolor. Si tú supieras por lo que estoy pasando…

Dos pasos rápidos hacia delante, como si fuera a saludar a alguien, para perder a mi madre de vista. Me siento en una silla, de las pocas vacías que hay dentro. En nuestra cultura los asientos libres son muy golosos, estén donde estén. Manos a las rodillas y, como no podía ser de otra manera, la mirada se va sola hacia el cristal que vela al muerto. No veo el cadáver a causa de la inclinación del ataúd. Miro y remiro el cristal. Me fijo en el reflejo que hacen las personas al pasear de un lado al otro de la sala, como si estuvieran buscando la manera de meterse dentro pero una mierda de cristal se lo impidiera. No aguanto más; me levanto y busco perder el reflejo de los parroquianos según me acerco a lo inevitable: ver otro cuerpo sin vida y decirme por dentro: ¿Lo ves como no tienes de qué quejarte? Pero es fugaz el pensamiento cuando lo invade la sorpresa. Y esta ha sido mayúscula: la caja está vacía. Debe haber algún tipo de error. Nadie se ha dado cuenta o qué cojones pasa. Quizá nadie se haya acercado tanto como para percatarse. Necesito información o me voy a volver loco.

Mientras espero a que en recepción cierren el cinquillo, pienso en que deberían celebrarse las muertes. Como contra homenaje a las muchas veces que celebramos el cumpleaños. Juntarse y recordar.  Hacer las cosas que te gustaba hacer con el fallecido: pasear, ver fútbol, beber cerveza, hablar aunque sin él te miren mal por hacerlo. Deberían obligar a celebrar las muertes y prohibir los funerales.

Por fin he accedido al habitáculo. Sigo perplejo, el ataúd está definitivamente vacío. Una placidez recorre mi espalda cuando descubro que me está gustando el hecho de ver que la forma encaja perfectamente con mi altura y mis hechuras. Si nadie ha visto al muerto, por qué iban a darse cuenta de mi desfachatez. Se está cómodo, a gusto, como sin prisa, preparado para todo. Pero me sigue dando vergüenza que me vean aquí dentro. Cierro la tapa. Se ve negro. Estoy en paz. Y ahora caigo: es imposible llegar tarde a estas cosas.

@DavidAlfaroSi
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POEMAS -Adivinanza-

Adivina.
Adivina qué.
Adivina cómo.
Adivina cuánto.
Adivina si.

Adivina
qué sucede
cuando naufraga
una patera con
cien inmigrantes.

Adivina
cómo perjudicaría
a tu vida el hecho
de haber llegado
a tierra con vida.

Adivina
cuánto vas
a cambiar
las cosas con
tu próximo voto.

Adivina
si hubieran
tenido una última
palabra para decir
a sus seres queridos,
qué habrían dicho
antes de morir ahogados.

Nada.

Nada.

Nada.

Nada.

POEMAS -A comerte-

Por el rabillo del ojo
he visto pedir una ensalada
al caníbal que se sienta a nuestra espalda.
Las tipas no paran de estar delgadas
y a mí me da por preguntarme
qué pasará cuando cambie la moda.
Porque las modas cambian,
como las mudas, las parejas, las chaquetas.

El día en que la gente deje de ser
señalada con el dedo por comer grasas
y estén de moda los pasteles
y vuelvan las curvas
y deje de pedir el caníbal ensaladas,
acuérdate quién era el único que te quería,
piensa en quién te va a defender,
cuando vengan a comerte, gordita mía.

@DavidAlfaroSi

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CUENTOS -Pionero-

-¿Dónde vas Antoñito?
-A torear, dónde voy a ir.
-¿Dónde vas Antoñito con la que está cayendo?
-A torear, tú dirás.
-Antoñito, ¿dónde vas, con la que llevas?
-A torear, dónde si no.
-¡Pero si sólo llevas banderillas!

En mi barrio es que me tratan fatal. Siempre que voy a torear todo el mundo me pregunta precisamente dónde voy por tocarme la moral, cuando saben perfectamente hacia dónde me dirijo: a mi encuentro diario con el arte taurino. Me juego la vida casi todos los días. Sí, sí, todos los días; yo no soy de esos que torean tres veces por trimestre, ponen el cazo y si te he visto no me acuerdo. Yo toreo prácticamente a diario, quitando las raras fechas en que caigo enfermo. Y siempre en el mismo lugar: la calle de Alcalá, a la altura de Ciudad Lineal. Es amplia y tiene de todo: coches, motos y transeúntes. Incluso autobuses y camiones, que todavía no me he atrevido a torearlos pero ando cerca de envalentonarme e intentarlo; me lo noto por dentro.

El caso es que como tengo parroquianos que no suelen faltar a la cita porque es zona de bares, suelo crear mucha expectación. Cojo siempre un par de tarjetas de embarque que tengo intactas de alguna vez que he ido al aeropuerto a viajar a algún lugar y me he vuelto porque me da miedo volar y me las pongo una en cada mano a modo de banderillas. Por eso me gritan que no puedo torear, porque no tengo capote y las banderillas son de papel y planas. Pero el problema no es mío, sino del respetable que no sabe verlo ni apreciarlo: yo toreo coches poniendo banderillas con tarjetas de embarque. Y punto. Cinto con la cadera, giro sobre mí mismo según se abre el semáforo y me lanzo al más llamativo que vea. ¡Zas! Banderillazo al Seat León Rojo. Sólo hago el gesto, claro, porque no tengo más tarjetas de embarque y tampoco quiero hacerle daño a nadie. Eso sí, se ponen como locos, dan volantazos, braman por la ventanilla y gritan como si estuvieran poseídos, lo que le da mucha veracidad a todo el asunto. Algunos aplauden desde la acera, sabedores de que esto es un arte que va a más. O que debe ir a más en breve.

La cuestión es que el otro día me lancé a por un BMW verde sin saber de qué gama era y me ocurrió lo que te puede suceder en estos lances. Nadie estamos a salvo de este tipo de desgracias. Había cintado, había rotado sobre mi propio eje y lo tenía enfilado cuando una anciana se cruzó un par de metros delante de mí, sin respetar semáforo ni leches; menuda kamikaze. El BMW, como es lógico, porque lógico es y yo hubiera hecho lo mismo, ha dado un girado bruscamente para no atropellar a la vieja y claro, yo que venía detrás me lo he comido entero. No le ha dado tiempo al buen hombre a contravolantear y se me ha llevado por delante. Fractura de peroné y tres costillas astilladas; no ha sido demasiado para lo que podía haberme ocurrido.

Los días en el hospital me han servido para recapacitar sobre por qué hago estas cosas y he llegado a la conclusión de que yo lo único que quiero es salir en el periódico. Llevo toreando en la calle de Alcalá cinco años y todavía no se ha acercado un mal redactor en prácticas que me haga un par de preguntas. Así que lo he dejado. Es definitivo. Y ahora paso el día en el Metro. Es mi nueva profesión, escritor de caras del Metro. Me siento enfrente de alguien y narro con todo lujo de detalles cómo tiene la cara el señor o señora de enfrente. Cejas, pelo, comisura de los labios, patas de gallo… Todo, todo lo que vea. Creo que es una forma mejor de salir en el periódico porque les envío las descripciones y ellos no tienen más que publicarlas. Bueno, pues les envío como seis o siete de personas de diferentes edades y me dicen que no pueden publicarme nada. Me he venido abajo, claro. Así que me he presentado en el periódico, les he exigido una explicación y me la han dado. Toma, que si me la han dado: me sueltan así por las buenas que es que las páginas que podrían rellenar con mis descripciones están todos los días ocupadas por las crónicas que hablan de un japonés que torea coches con dos esponjas en las manos en la calle Ríos Rosas. Parece ser que hace tales faenas que hay varios críticos taurinos enviando material a todas horas y por eso no tienen espacio.

Así que ahora por fin me he dado cuenta de que lo que en realidad soy es un fracasado y un puto loco. Lo admito. Pero hay algo más detrás de todo esto. A partir de ahora, por lo menos, nadie podrá negar que soy un pionero.

@DavidAlfaroSi

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