LA ÚLTIMA Y NOS VAMOS

Junto con María Ruisánchez, os acercamos en forma de relato literario las muertes más escabrosas, originales y más vivas de escritores célebres.

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TODOS LOS DIOSES MUERTOS

Todos los dioses muertos

Me di cuenta bastante tarde de que estaba ardiendo. Mis brazos se deshacían en llamas, no recuerdo si por dejadez o accidente; sólo sé que por primera vez me quemaba por fuera y perdía una vida acostumbrada a arder por dentro. Me di cuenta entonces que la piel no es más que presente; ningún fogonazo, ninguna llamarada, ninguna tos espantosa provocada por el humo, duele más que perder un recuerdo. Y te he dicho muchas veces que no me queda ninguno. Pese a que ya no sé quién eres. O por lo menos no lo sabía hasta este preciso instante, en que me doy cuenta de tu renovada y subterránea cercanía.

Se puede decir que no descubrí el incendio por el acuse de dolor, ni por la humareda asfixiante. Lo sentí cuando dejaron de sonar esas voces, tan familiares por constantes y quisquillosas. Se callaron un instante y entonces lo supe: iba a morir. Por fin. La esquizofrenia nunca se apiada de quien muere con retraso; los incendios en Asheville siempre llegan tarde, como el alcohol al borracho. Parece que las palabras vuelven a mí. Debe ser síntoma de un último acercamiento a ti, mi amado Scott.

Pareces aquel chaval disfrazado de Gatsby con uniforme de teniente en sueño de general. Pareces él. Acaso lo sigas siendo. Tu corazón dejó de latir al tiempo que mi cabeza. Nos separaron ocho años de penitencia y un día de resaca. Ahora sé que no fue el alcohol ni las palabras las que cesaron el ritmo de tu existencia. Te habías escondido aquí para esperarme. Abrázame una última vez. Zelda ha vuelto a viajar a tu lado. Siempre dijiste que la vida es sólo un continuo proceso de deterioro. Por fin nos detendremos en tu tiempo. En el auge de una fiesta que no queríamos celebrar. Suspendidos en el paladear del gozo, en la ebriedad de la risa compartida. Todavía recuerdo la última frase de El Gran Gatsby: “Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”. Podríamos pedir que lo pusieran en nuestra lápida.

-Espero que lo hayan hecho. Querida, no estés triste. No se nos puede tener en cuenta la muerte cuando hemos tratado de vivir.

Ya vuelvo a oír de nuevo aquella voz que me quemaba antes de arder.

Zelda Sayre y Francis Scott Key Fitzgerald

Beber, escribir, vivir y aparentar. A eso jugaron Zelda Sayre y Francis Scott Key Fitzgerald durante sus alocadas, excéntricas y geniales vidas. Sus muertes, por separado, fueron la conclusión lógica a su manera de vivir. Ella, quemada en un incendio producido en el psiquiátrico de Nashville en 1948; él de un ataque al corazón ocho años antes, totalmente abandonado a la bebida desde que su amada desarrollara su esquizofrenia.

La época del jazz marcó el devenir de las novelas de Fitzgerald y viceversa. “A este lado del paraíso”, “Hermosos y malditos”, “El gran Gatsby” y “Suave es la noche” fueron su legado, amén de su obra póstuma: “El último magnate”.

Gustaba de decir: “Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”, fue guionista en Hollywood en la época en la que, dicen, se bebía doscientas cervezas al día y acabó por sufrir dos infartos que le condenaron a una tumba que comparte con su amada Zelda y a la cual la sitian varios locales comerciales. Fue el genio de una generación que, según sus propias palabras tuvo “todos los dioses muertos, las guerras combatidas y la fe en el hombre destruida”.

David Alfaro

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CIERRO LOS OJOS Y EL MUNDO MUERE

Cierro los Ojos y el Mundo muere

La mujer alcanza la perfección. Frieda se gira dormida en la cama que comparte con Nicholas. Su cuerpo porta la sonrisa del deber cumplido. Por unos instantes, Sylvia deja la pluma al lado del papel, sobre el escritorio y los mira, duermen apaciblemente con los labios ligeramente separados, como dos cachorrillos, cansados de buscar entre los pliegues de las sábanas, el cuerpo de una madre que no está. Dos bebés muertos hechos ovillo, serpientes blancas. Cada uno prendido a un pellejo de leche, ya vacío. Sylvia se levanta de la silla, cierra la puerta del cuarto con cuidado y se desliza por el angosto pasillo…

La ilusión de una necesidad griega fluye por los papiros de su toga. Al fondo una puerta entreabierta deja ver unas baldosas ajedrezadas. Sus píes desnudos, parecen estar diciendo: hemos llegado hasta aquí, es el fin. Una llama azul se precipita sobre los quemadores, Sylvia coloca sobre ella un recipiente de metal, adornado con flores geométricas de vivos colores. Ella los ha replegado hacia su cuerpo como pétalos de una rosa que se cierra cuando el jardín. En su cara no hay expresión, mira fijamente el caer blanco y puro de la leche en el recipiente.Coloca primero un vaso humeante sobre la mesilla y luego el otro, uno para cada hijo. Vuelve a mirarlos dormir, sus caras están ligeramente sonrojadas, los pies de Sylvia, por el contrario, tienen un color desnudo, tornasolado y frío. Se sienta en el escritorio, coge la pluma por última vez mira la cama, pero ya no ve niños, sólo hay palabras que afiladas se clavan para siempre en la celulosa del papel: se endurecen y las fragancias sangran desde las dulces y profundas gargantas de la flor nocturna. Sale. Cierra. Ya ni siquiera puede oír la respiración de los pequeños, sella la puerta de ese cuarto con toallas húmedas y vuelve sobre sus pasos una y otra vez, como en un ritual, portadora de velas blancas y sangre virgen, hasta acabar de nuevo, sola en la cocina. La luna no se habrá de entristecer. Allá en su atalaya de hueso. Su mano gira y enciende el horno, su otra mano, aprieta la hoja de papel. Tiene de todo esto, la costumbre. Abre la puerta, y ceremoniosamente apoya su cabeza dorada sobre la rejilla del horno. Sólo escucha el silbido del gas. A rastras crujen sombras negras. Cierra los ojos. La luna desaparece de la ventana.

Silvia Plath

El poema en cursiva que se intercala en la narración de la muerte de Sylvia Plath lo escribió un día antes de suicidarse. Nació en Boston el  27 de octubre de 1932 y murió en la madrugada del 11 de febrero de 1963 en Londres, en un apartamento en el que viviera W. B. Yeats, y que había alquilado tras separarse de su marido, el también poeta Ted Hudges. Tan sólo tenía 30 años.

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Sylvia Plath es considerada una de las más grandes poetisas del siglo XX, sus poemarios más conocidas son El coloso y Ariel, también escribió una novela autobiográfica titulada  La campana de cristal, bajo el pseudónimo de Victoria Lucas. Toda su vida estuvo marcada por la pérdida del padre a muy temprana edad, así como varios intentos de suicidio. Tras su muerte se sabría que Sylvia padecía un trastorno bipolar. Su marido Ted Hudges, a quién muchos acusan de su muerte por haberla abandonado, se encargó de recopilar la obra de Sylvia y publicarla. En 1981 Sylvia Plath fue la primera poeta en ganar el Pulitzer póstumo. Entre todo lo que escribió sirvan estas líneas para mostrar su atracción por la muerte: “Morir es un arte, como todo. Yo lo hago excepcionalmente bien. Tan bien, que parece un infierno. Tan bien, que parece de veras. Supongo que cabría hablar de vocación…” 

María Ruisánchez

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