VÁMONOS, QUE ES GERUNDIO

A Yola Berrocal, cierta vez, se le ocurrió decir en un photocall: “Vámonos, que es gerundio”. Desde entonces no se le ha vuelto a ocurrir nada parecido. Pero si alguna vez se activara de nuevo su pensamiento, seguramente, daría para hacer cuentos como éstos:

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PIONERO

-¿Dónde vas Antoñito?

-A torear, dónde voy a ir.

-¿Dónde vas Antoñito con la que está cayendo?

-A torear, tú dirás.

-Antoñito, ¿dónde vas, con la que llevas?

-A torear, dónde si no.

-¡Pero si sólo llevas banderillas!

En mi barrio es que me tratan fatal. Siempre que voy a torear todo el mundo me pregunta dónde voy por tocarme la moral, cuando saben perfectamente hacia dónde me dirijo: a mi encuentro diario con el arte taurino. Me juego la vida casi todos los días. Sí, sí, todos los días; Yo no soy de esos que torean tres veces por trimestre, ponen el cazo y si te he visto no me acuerdo. Yo toreo prácticamente a diario, quitando las raras fechas en que caigo enfermo. Y siempre en el mismo lugar: la calle Alcalá, a la altura de Ciudad Lineal. Es amplia y tiene de todo: coches, motos y transeúntes. Incluso autobuses y camiones, que todavía no me he atrevido a torearlos pero ando cerca de envalentonarme e intentarlo; Me lo noto por dentro.

El caso es que como tengo parroquianos que no suelen faltar a la cita porque es zona de bares, suelo crear mucha expectación. Cojo siempre un par de tarjetas de embarque que tengo intactas de alguna vez que he ido al aeropuerto a viajar a algún lugar y me he vuelto porque me da miedo volar y me las pongo una en cada mano a modo de banderillas. Por eso me gritan que no puedo torear, porque no tengo capote y las banderillas son de pega. Pero el problema no es mío, sino del respetable que no sabe verlo ni apreciarlo: yo toreo coches poniendo banderillas con tarjetas de embarque. Y punto. Cinto con la cadera, giro sobre mí mismo según se abre el semáforo y me lanzo al más llamativo que vea. ¡Zas! Banderillazo al Seat León Rojo. Sólo hago el gesto, claro, porque no tengo más tarjetas de embarque y tampoco quiero hacerle daño a nadie, pero se ponen como locos, dan volantazos, braman por la ventanilla y gritan como si estuvieran poseídos, lo que le da mucha veracidad a todo el asunto. Algunos aplauden desde la acera, sabedores de que esto es un arte que va a más. O que debe ir a más en breve.

El caso es que el otro día me lancé a por un BMW verde que no sabía de qué gama era y me ocurrió lo que te puede suceder en estos lances. Nadie estamos a salvo de este tipo de desgracias. Había cintado, había rotado sobre mi propio eje y lo tenía enfilado cuando una anciana se ha cruzado un par de metros delante de mí, sin respetar semáforo ni leches; Menuda kamikaze. El BMW, como es lógico, porque lógico es y yo hubiera hecho lo mismo, ha dado un volantazo para no atropellar a la vieja y claro, yo que venía detrás me lo he comido entero. No le ha dado tiempo al buen hombre a contrabalancear el volante y se me ha llevado por delante. Fractura de peroné y tres costillas astilladas; No ha sido demasiado para lo que podía haberme pasado.

Los días en el hospital me han servido para recapacitar sobre por qué hago estas cosas y he llegado a la conclusión de que yo lo único que quiero es salir en el periódico. Llevo toreando en la calle de Alcalá cinco años y todavía no se ha acercado un mal redactor en prácticas que me haga un par de preguntas. Así que lo he dejado. Es definitivo. Y ahora paso el día en el Metro. Es mi nueva profesión, escritor de caras del Metro. Me siento enfrente de alguien y narro con todo lujo de detalles cómo tiene la cara el señor o señora de enfrente. Cejas, pelo, comisura de los labios, patas de gallo… Todo, todo lo que vea. Creo que es una forma mejor de salir en el periódico porque les envío las descripciones y ellos no tienen más que publicarlas. Bueno, pues les envío como seis o siete de personas de diferentes edades y me dicen que no pueden publicarme nada. Me he venido abajo, claro. Así que me he presentado en el periódico, les he exigido una explicación y me la han dado. Toma, que si me la han dado: me sueltan así por las buenas que es que las páginas que podrían rellenar con mis descripciones están todos los días ocupadas por las crónicas que hablan de un japonés que torea coches con dos esponjas en las manos en la calle Ríos Rosas. Parece ser que hace tales faenas que hay varios críticos taurinos enviando material a todas horas y por eso no tienen espacio.

Así que ahora por fin me he dado cuenta de que lo que en realidad soy es un fracasado y un puto loco. Lo admito. Pero hay algo más detrás de todo esto: A partir de ahora, por lo menos, nadie podrá negar que soy un pionero.

David Alfaro

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4 comentarios sobre “VÁMONOS, QUE ES GERUNDIO

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